El hallazgo trágico del cuerpo de Nathaly Juliette Mafla Castillo, una joven estudiante de apenas 20 años en la Escuela Politécnica Nacional, deja una profunda consternación y dolor en Quito, así como en el resto del país. Tras desaparecer al salir de las aulas, el desenlace doloroso en una quebrada de La Vicentina nos obliga a detenernos y pensar. No solo para ser solidarios con el sufrimiento de su madre y más seres queridos, sino también para reflexionar sobre la realidad que viven los niños, jóvenes y adultos mayores en nuestros espacios públicos y educativos.
La vulnerabilidad en lo cotidiano
Lo ocurrido con Nathaly desgarra porque describe una cotidianidad que puede reconocer cualquiera: estar en la universidad, encargar el teléfono a un compañero por un momento y, de repente, desaparecer. Los videos de seguridad que la describen caminando sola, aparentemente desorientada por el sector de La Vicentina, delatan una problemática cruda y real sobre la desprotección, la desolación urbana y la falta de entornos de soporte, auxilio o ayuda inmediatos.
Mientras las autoridades determinan con análisis e investigaciones, utilizando instrumentos técnicos y científicos, las causas exactas de su caída y muerte en la quebrada, la reflexión social debe ir más allá de la autopsia legal. Se deben considerar y tomar acción sobre esta y otras problemáticas que mantienen a toda la sociedad desprotegida, siendo responsabilidad del gobierno central y de los gobiernos locales la implementación de normativas legales y espacios públicos seguros que incluyan los entornos a quebradas y más sectores que, por su estructura de aislamiento y abandono, son utilizados como sitios claves para delinquir o simplemente como guarida de personas y grupos delincuenciales.
Tres factores críticos de la problemática actual
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Espacios públicos inseguros: El entorno urbano de Quito, marcado por quebradas desprotegidas, deficiente iluminación y zonas de riesgo geográfico medio-alto, es una trampa mortal ante cualquier escenario de desorientación, problemas de salud o inseguridad.
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La falta de empatía comunitaria: Ver en cámaras a una joven desorientada en la calle nos confronta con una «ceguera vecinal». Como sociedad se ha perdido la solidaridad; nos hemos vuelto inmunes, despreocupados del entorno o temerosos de involucrarnos, viendo señales que a menudo preferimos ignorar cuando alguien necesita nuestra ayuda inmediata.
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Entornos académicos y redes de cuidado: La movilización de sus compañeros y de colectivos de mujeres demostró que la solidaridad existe en el espacio minúsculo de un campus universitario o cuando la desgracia está consumada. Sin embargo, la tragedia nos recuerda que los protocolos de prevención, respuesta rápida ante desapariciones y acompañamiento de salud y seguridad dentro y fuera de los campus deben ser contundentes, inmediatos y efectivos. Quienes acuden a sus centros educativos jamás deberían terminar sus días en el fondo de una quebrada.
Digamos basta a la pérdida de vidas; que el dolor se transforme en prevención. Entender que cuidarnos es un acto colectivo que nos favorece a todos.
Un compromiso urgente en tres frentes
La muerte de Nathaly Mafla, sumada a las múltiples vidas perdidas anteriormente, no puede ser solo una cifra más en las noticias, redes sociales, un post o mensajes de condolencias que se olviden la próxima semana. Su partida nos exige despertar y asumir con mayor responsabilidad que la seguridad, la integridad y la vida de nuestras jóvenes no son un asunto privado, sino un compromiso e interés colectivo que nos compete a todos.
Para que una tragedia así no vuelva a repetirse, necesitamos un compromiso activo en tres frentes urgentes:
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No mirar hacia otro lado: Seamos actores para generar en cada centímetro de nuestro entorno un espacio seguro y confiable para todos. Si ves a alguien solo, que camina desorientado, alterado o que parece no saber dónde está, no lo ignores: la indiferencia mata. Ofrecer ayuda, llamar a las líneas de emergencia o acompañar a alguien en un momento de aparente vulnerabilidad puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.
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Exigir infraestructuras seguras: Las quebradas y taludes de nuestras ciudades no pueden seguir siendo zonas de peligro olvidadas. Exijamos a las autoridades municipales iluminación digna, señalización clara, cerramientos de seguridad y cámaras de vigilancia monitoreadas en tiempo real en los sectores aledaños a los centros educativos y barrios residenciales, que tengan contacto directo con la Policía Nacional y que esta reaccione a la brevedad posible, no cuando ya otra vida se ha perdido.
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Crear redes de cuidado fortalecidas: En las universidades, en los barrios y en las familias, construyamos entornos donde nadie se sienta aislado ni desprotegido. Es vital implementar protocolos de alerta temprana eficientes y promover una cultura de acompañamiento bajo la premisa de «si salimos juntos, regresamos juntos».
Conclusión
La memoria de Nathaly nos compromete a luchar por espacios donde transitar, estudiar y vivir no represente un peligro. Cuidar al otro es el enramado básico de una sociedad sana.
Exigimos justicia, claridad y seguridad para nuestros estudiantes y ciudadanos que deseamos salir de nuestros hogares y regresar seguros a reencontrarnos en el calor del hogar con nuestros seres queridos. Que los recursos que aportamos y contribuimos al Estado sean reinvertidos en obra pública, en el fortalecimiento de las entidades de auxilio y control, y que el combate al crimen organizado, a la corrupción y a la inseguridad sea efectivo. Que no se pierda ni una sola vida más.
