13 julio, 2026

Una Junta de Beneficencia amnésica

Para hacerse inclusivo, que está de moda, se evita a cualquier costo algo que pueda incomodar o molestar. El 9 de octubre de 1820 en adelante se llamará simplemente “El día de la independencia” sin mencionar de dónde; le quitaremos la primera palabra tanto a la canción que pregonamos los guayacos que se llamará “de mis amores”; el nuevo eslogan será “por la patria”; se eliminarán los nombres Guayas y Quil del monumento y en las gestas heroicas de la independencia queda eliminada la ciudad de su procedencia.

En algo se parece a la estulticia cometida por la FIFA que para hacer inclusivo el torneo mundial de fútbol, cometió un documental en el que aparece un jugador negro portando la bandera argentina.

Nunca imaginé que la JBG iba a seguir este camino. Estamos viendo cómo una institución que nació, creció y se hizo grande en esta ciudad, ahora parece sufrir un ataque de amnesia toponímica. En el video promocional, en los vehículos, en los mandiles de los doctores y hasta en su página web han eliminado la palabra Guayaquil.

La identidad de una institución histórica

La Junta de Beneficencia de Guayaquil no es cualquier organización. Nació gracias a sus benefactores, es la madre de hospitales, la madrina de orfanatos, la tía generosa de asilos y la vecina que siempre tiene un remedio para todos. Desde hace más de un siglo, su nombre ha sido sinónimo de solidaridad costeña, esa mezcla de calor humano y pragmatismo tropical que nos caracteriza.

Pero ahora, al parecer, alguien decidió que “Guayaquil” sobraba. ¿Será que la ciudad ya no cabe en el nombre? ¿O que la palabra pesa demasiado en la papelería oficial? Su nombre ahora queda como una beneficencia genérica, una simple ONG que podría estar en Nepal o en Jordania. Un proceso de eliminar y borrar sus raíces.

Y lo más irónico es que Guayaquil es precisamente la razón de ser de la Junta. Fue aquí donde nació. Patriotas de noble corazón y caridad cristiana compartieron sus fortunas, levantaron hospitales, aquí es donde se salvaron vidas y se dieron oportunidades. La ciudad hace referencia a sus raíces, tradiciones y vínculos históricos; la institución estaba ligada a un lugar. Se desembarazó del terruño como si tuviese vergüenza de ello.

Un despojo simbólico al orgullo local

Quitarle el nombre es como borrar la firma de un artista en su cuadro; como si fuera un tatuaje mal hecho en la adolescencia, o como quitarle la etiqueta de ecuatoriano al cacao, el banano o el camarón. Es un despojo simbólico que golpea el orgullo de la ciudad. La palabra Guayaquil no es un adorno, es el corazón de la Junta. Sin esa palabra, la institución pierde su brújula, su raíz y su apellido.

Para ser más inclusivos, el siguiente paso será quitarles el apellido a los hospitales, eliminando el Vernaza, Gilbert, Paulson, Sotomayor y Santisteban.

La verdad se revela dolorosa: caminan bajo la sombra de la ingratitud, extravían sus desvaríos en la amnesia, o el marketing les silencia los labios al nombrar a Guayaquil, ese nombre que debería ser un estandarte de orgullo y jamás un motivo de vergüenza.

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