«Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de mis fieles, y enciende en ellos el fuego de tu amor… y repítelo tres, cinco, diez veces… Envía, Señor tu Espíritu y todas las cosas serán creadas y renovarás la faz de la tierra».
Porque, tú pensabas que ya estaba bien de devociones lasallanas… y faltaba la «principal»
La devoción al Espíritu Santo. No nos vaya a ocurrir lo que a los de Éfeso que, cuando Pablo les pregunta si han recibido al Espíritu Santo le contestaron: «ni siquiera sabíamos que había Espíritu Santo».
… Y sin embargo, “hay» Espíritu Santo, y actúa hoy en la Iglesia, como actuó en aquellos días fundacionales del cristianismo; y es «vivificador» da la vida, enseña toda verdad».
El Espíritu y Su venida no fue cosa de los primeros tiempos, para «animar» a los primeros cristianos, sino «el Prometido por Cristo Señor» para aclarar todas las cosas que Él se había esforzado por meter en la cabeza y en el corazón de sus discípulos, al parecer sin demasiado éxito: “pero cuando El venga, os lo enseñará todo y os recordará cuanto os tengo dicho»; «os dará un gozo que nadie os podrá arrebatar»: «ni tendréis que preocuparos por lo que debáis decir ante los tribunales porque el Espíritu hablará en vuestro lugar» y «el Espíritu orará en vosotros con gemidos inefables».
Es el alma de nuestra alma, vivificantem», como decimos en el Credo, la vivifica, la llena, le da sentido, la proyecta al Reino de Dios; es el origen de toda santidad, es «el Señor», decimos en el Credo. Es el «regalo de Dios», «el consolador» «don del Señor Altísimo», «fuente viva», «fuego»,, «amor» y «unción espiritual».
Tomado del Boletín Lasallano
