Robert F. Prevost y Donald J. Trump comparten una peculiar historia que sin duda trascenderá en los anales históricos del poder contemporáneo. Se decía —equivocadamente, claro— que ningún cardenal estadounidense llegaría a ser papa. El agustino Prevost rompió con aquellos connotados presagios al convertirse —contra todo pronóstico terrenal— en León XIV.
Nixon fue el último gran político estadounidense en erigirse presidente luego de perder una elección nacional y después una gobernación. Trump lo desbancó como el político más exitoso —electoralmente— al asumir la presidencia en 2025. Los dos líderes, León XIV y Trump, empero, han sido marcados por un destino, el uno divino, el otro mediático, pero cualquier semejanza constituiría un sacrilegio por la inconfesable condición de Trump, criminal convicto por el estado de Nueva York y forjado bajo las sombras de Cohn y Epstein.
El Vaticano tiene ahora un verdadero y subliminal poder que no necesita de retóricas populistas desde la Casa Blanca. La autoridad ética y moral de León XIV sencillamente no es comparable; más allá de su notoria y documentada sensibilidad, sus alocuciones demuestran empatía y racionalidad con un peso y valor inconmensurables en momentos tan precarios.
Los cardenales eligieron a Prevost y no se equivocaron. Los estadounidenses también lo hicieron con Trump, pero han sido decepcionados —en su gran mayoría— por la personificación de una narcisista supremacía que avergüenza a la institucionalidad y al poder constituido. ¡Larga vida al papa León XIV!

Amén