8 junio, 2026

Los agoreros del desastre

Hay personas que no saben vivir sin anunciar el fin del mundo. Si el gobierno arregla una carretera, dicen que es propaganda; si mejora un indicador económico, aseguran que es maquillaje estadístico; si baja la violencia en algún sector, responden que “seguramente es temporal”; y si el país logra avanzar, aunque sea un centímetro, inmediatamente aparecen expertos del Armagedón explicando que, en realidad, todo está peor.

No se trata de defender ciegamente al gobierno. Ningún gobierno es perfecto y todos merecen fiscalización. Pero una cosa es criticar con argumentos y otra muy distinta convertir el pesimismo en un proyecto político permanente.

Los agoreros del desastre no construyen: administran el miedo. Y, en Ecuador, gran parte de ese relato viene impulsado por grupos de izquierda radical y sectores políticos que durante años tuvieron el control del país y hoy actúan como si no hubieran dejado ninguna responsabilidad pendiente.

Lo más preocupante no es que existan esos discursos; en democracia siempre existirán. Lo realmente preocupante es la facilidad con la que una parte de la ciudadanía termina absorbida por esa narrativa derrotista. Todo se interpreta desde la sospecha, desde la conspiración o desde la necesidad de negar cualquier avance.

Si llega inversión extranjera, “seguro están entregando el país”; si se fortalecen relaciones internacionales, “nos volvimos colonia”; si se endurece la lucha contra el crimen organizado, “se está militarizando la sociedad”. Parecería que, para ciertos sectores, el único escenario aceptable es aquel donde nada funciona, porque ahí es donde ese discurso encuentra oxígeno.

El ciudadano común, el que trabaja, paga impuestos y trata de salir adelante, observa algo distinto. Observa que, pese a errores y tropiezos, hay intentos por recuperar la institucionalidad, fortalecer la seguridad y estabilizar la economía.

¿Que falta muchísimo? Por supuesto que sí. ¿Que todavía existen enormes problemas? Nadie lo puede negar. Pero también sería totalmente deshonesto negar que ciertos indicadores muestran mejoras y que muchas decisiones van en la dirección correcta.

El problema de los agoreros del desastre es que reconocer algo positivo parece haberse convertido casi en un pecado político. Si no odias al gobierno, automáticamente eres fanático noboísta; si valoras una medida puntual, ya te etiquetan como propagandista.

Hemos llegado al absurdo de creer que la crítica solo es válida cuando destruye, nunca cuando propone equilibrio.

La izquierda más radical ha entendido muy bien cómo funciona esto. Su estrategia de siempre no consiste en convencer, sino en desgastar. Repetir permanentemente que todo está mal genera una percepción colectiva de fracaso, aunque la realidad sea más compleja.

Y claro, en tiempos de redes sociales y memes, el miedo y el escándalo circulan mucho más rápido que los datos o los análisis serios.

Porque, si algo termina destruyendo a una sociedad, no es solamente la crisis económica o la inseguridad, sino la pérdida absoluta de confianza en cualquier posibilidad de mejora. Y ahí es donde los agoreros del desastre hacen más daño: convierten el pesimismo en su identidad política.

Ecuador necesita crítica, sí, pero crítica útil. Necesita oposición, pero una oposición que proponga algo más que resentimiento reciclado. Necesita ciudadanos capaces de analizar más allá del titular incendiario, el meme o el video viral lleno de indignación prefabricada.

Al final, gobernar un país nunca será sencillo, porque una sociedad madura no es la que aplaude todo ni la que destruye todo; es la que aprende a reconocer avances sin dejar de exigir resultados. Justamente eso es lo que más incomoda a los eternos “agoreros del desastre”.

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