Hoy no alcanza con flores, ni con discursos reciclados, ni con publicaciones de ocasión.
El 12 de mayo, Día Internacional de la Enfermería, es una fecha que debería incomodar, sacudir y obligarnos a mirar de frente una realidad que el Ecuador ha preferido ignorar.
Porque, mientras el sistema de salud se tambalea entre crisis permanentes, abandono institucional y precariedad, hay una figura que nunca se retira, nunca colapsa y nunca deja de sostener lo insostenible: la mujer enfermera ecuatoriana.
Ella no aparece en titulares, pero está en cada emergencia.
No decide presupuestos, pero salva vidas todos los días.
No dirige ministerios, pero mantiene en pie hospitales que muchas veces funcionan al límite o directamente en el abandono.
LAS QUE SOSTIENEN TODO… SIN PODER DECIDIR NADA
Las cifras no son solo números; son una denuncia silenciosa:
- Más del 80 % del personal de enfermería son mujeres.
- Pero menos del 30 % llega a cargos de decisión.
Es decir, ellas cargan el sistema, pero no lo gobiernan.
En Ecuador, esto se traduce en algo aún más crudo: trabajo mal pagado, contratos inestables, jornadas extenuantes y abuso de poder, tanto en el sector público como en el privado.
Aquí no hay romanticismo posible.
Aquí hay una verdad dura: se ha normalizado que cuidar sea sinónimo de sacrificarse.
NO ES VOCACIÓN, ES EXPLOTACIÓN DISFRAZADA
Durante décadas se vendió la idea de que la enfermera “nació para servir”, que su fortaleza emocional es infinita y que su entrega no tiene límites.
Pero esa narrativa no es inocente.
Es la coartada perfecta para justificar la precarización.
Porque, mientras se aplaude su “vocación”, se le niega:
- estabilidad laboral,
- salarios justos,
- descanso digno,
- participación en decisiones.
Y peor aún: se le exige que, además de cuidar en hospitales, siga cargando con el peso del hogar, la familia y el trabajo de cuidado no remunerado.
Doble jornada. Doble desgaste. Cero reconocimiento real.
EL ROSTRO HUMANO DE UN SISTEMA EN CRISIS
En un país donde la salud pública atraviesa una crisis estructural, la enfermera no solo cura… resiste.
Resiste:
- la falta de insumos,
- la sobrecarga de pacientes,
- la presión emocional de ver morir, sufrir y esperar,
- el abandono institucional.
Y aun así, es quien sostiene la mano del paciente cuando nadie más está.
EL RECONOCIMIENTO QUE NADIE QUIERE HACER
Hoy no basta con decir “gracias”.
Eso ya es insuficiente. Incluso hipócrita.
El verdadero reconocimiento sería:
- pagar salarios justos,
- garantizar estabilidad laboral,
- abrir espacios de liderazgo real,
- terminar con los abusos dentro del sistema de salud.
Porque sin ellas, el sistema colapsa.
Pero con ellas, el sistema sobrevive, aunque sea en condiciones indignas.
UNA DEUDA HISTÓRICA CON ROSTRO DE MUJER
En este Ecuador golpeado por crisis sanitarias, corrupción y desigualdad, hay una verdad que no se puede maquillar:
la enfermería no solo es una profesión… es la columna vertebral de la salud.
Y esa columna tiene rostro de mujer.
De mujer cansada, pero firme.
Invisible, pero imprescindible.
Mal pagada, pero invaluable.
HOY NO SE CELEBRA… SE EXIGE
Que este 12 de mayo no sea un acto simbólico más.
Que sea un punto de quiebre.
Porque reconocer a la enfermera ecuatoriana no es aplaudirla…
es dejar de explotarla.
Y eso, en este país, sigue siendo una deuda pendiente.
