8 junio, 2026

La era del saber…

El cerebro es el único órgano que se estudia a sí mismo.

En filosofía, se define por naturaleza a todo aquello que no ha sido creado por el hombre.

En el proceso evolutivo de las especies, hemos desplazado a los otros animales del planeta por ser poseedores de dos elementos que hicieron posible esta supremacía:

el dedo pulgar y el cerebro.

La capacidad de coger objetos para manipularlos fue un hecho determinante en nuestro proceso evolutivo y el mayor incentivo para generar los estímulos cerebrales que necesitábamos para que nuestro intelecto se retroalimentara con mayor conocimiento cada día.

El pulgar y el cerebro marcaron la preponderancia de la raza humana en su hegemonía progresiva.

Mediante la posibilidad de agarrar y maniobrar a su antojo todo aquello que podía sostener, el ser humano hizo que los objetos de su entorno le sirvieran para satisfacer sus necesidades.

A través de este sencillo movimiento de aprehensión, el ser pensante logró que todo lo existente en la naturaleza se convirtiera en instrumentos capaces de ayudarle a superar sus debilidades y limitaciones.

A pesar de ser un animal pequeño, desprotegido y con poca fuerza para competir con los más grandes, les ganaba.

Lo hacía porque las grandes bestias no tenían dedo pulgar y no podían manipular objetos en su beneficio.

Pero, pese a la enorme ventaja que representó el pulgar, la verdadera razón de la supremacía del ser pensante sobre los otros animales es el cerebro.

Mediante el proceso evolutivo de las neuronas y su intrincado sistema de interconexión microsináptica, este complejo mecanismo multifacético puede integrar, almacenar, analizar y desarrollar nuevas alternativas para enfrentar las circunstancias, como consecuencia de la información adquirida mediante el aprendizaje.

La enseñanza retenida se almacena como conocimiento utilizable que se recicla constantemente en la procesadora orgánica que es la memoria.

Este almacenamiento informático es prácticamente ilimitado.

El intelecto desarrolla infinitas alternativas o variables de solución para mantener la supervivencia de la especie.

Detrás de todo lo inventado siempre existió primero una idea.

El carro, los aviones, las leyes, los sistemas sociales o cualquier creación que no provenga directamente de la naturaleza fue concebida primero en la mente humana.

En la actualidad, la morfofuncionalidad específica del cerebro nos permite identificar con precisión el funcionamiento territorial de cada una de las áreas cerebrales.

Cada hemisferio predominante —derecho en los zurdos e izquierdo en los diestros— tiene una hegemonía funcional sobre el otro.

Asimismo, cada hemisferio se divide en cuatro regiones perfectamente demarcadas, donde cada una alberga funciones específicas resultantes de la más sofisticada integración informática codificada en cada zona.

A esta confluencia morfofuncional se la denomina lóbulo, y existen cuatro en cada hemisferio.

El lóbulo frontal sirve para pensar, moverse y hablar.

Es el lóbulo del pensamiento, del movimiento y del conocimiento.

Es el lugar donde se integra y procesa, bajo dinámicos cambios químicos intraneuronales, toda la información del medio ambiente derivada hacia el cerebro durante el estado de conciencia.

Esta área intelectiva, de enorme complejidad y alta especificidad funcional, le permite al ser humano analizar su pasado, comprender su presente y proyectarse hacia el futuro utilizando su propia información.

Los procesos de pensamiento se realizan mediante intrincados métodos de permutaciones neuroquímicas.

Estos desplazamientos dinámicos de miles de sustancias ocurren dentro de cada neurona y trasladan, por medio de proteínas, la información codificada de una célula cerebral a otra.

Son procesos laboriosos que desencadenan una avalancha química llena de información que se transmite de célula en célula.

El transporte de la información se realiza a través de proteínas y neurotransmisores cerebrales como la serotonina, la adrenalina y la sustancia P, entre otros.

Para ser considerada neurotransmisor, una sustancia debe estar presente en el cerebro y tener la capacidad de iniciar o inhibir un proceso neuronal.

A todos estos cambios químicos, realizados a una velocidad inimaginable, se les denomina fenómenos de transducción, que, en términos simples, son actividades eléctricas generadas por cambios químicos provenientes de las neuronas.

El proceso de pensar, analizar y plantear nuevas soluciones para conquistar nuestro entorno es ilimitado, así como ilimitadas son las posibilidades de desarrollo de nuestro cerebro gracias a la constante información que almacenamos.

Por el contrario, en el lóbulo temporal se integran nuestros sentimientos.

Este lóbulo es el centro de la afectividad.

Amor, afecto, odio, irritabilidad y agresividad son sentimientos que derivan en acciones resultantes de procesos químicos generados en esta zona.

El control de los impulsos, la ansiedad, el estrés, la depresión y la tristeza también tienen origen en este territorio cerebral.

La sexualidad, el juicio, la memoria, el esquema corporal y la orientación en tiempo, espacio y persona son otras de las complejísimas funciones que nacen en esta región.

El lóbulo parietal es el lugar donde se integra la sensibilidad y, por último, el lóbulo occipital es el responsable de la visión.

Todas las funciones cerebrales de integración volitiva superior desarrolladas por los seres pensantes tienen origen en alguna zona cerebral.

Hoy conocemos con exactitud muchas de estas localizaciones gracias a la morfofuncionalidad especializada del sistema nervioso central.

Sin embargo, aunque el cerebro humano posee enormes capacidades, la afirmación de que usamos solo el 8 % o el 9 % de nuestra capacidad cerebral no tiene respaldo científico.

Lo que sí sabemos es que distintas áreas cerebrales se activan según las tareas que realizamos y que el cerebro mantiene una extraordinaria capacidad de adaptación y aprendizaje durante toda la vida.

Antiguamente, cuando los cavernícolas dependían del olfato para detectar a sus presas y sobrevivir, el rinencéfalo —órgano cerebral relacionado con el olfato— era mucho más desarrollado, mientras que el lóbulo frontal era reducido.

Hoy, el ser humano depende menos del olfato y mucho más del pensamiento, por lo que el desarrollo cerebral ha evolucionado hacia funciones cognitivas más complejas.

Dentro del lóbulo frontal todavía existen funciones del cerebro que no comprendemos completamente.

A lo largo de la historia, fenómenos como la telepatía, la premonición o ciertas experiencias extraordinarias han sido interpretados como sobrenaturales.

En muchas culturas, incluso, quienes afirmaban poseer estas capacidades eran vinculados con la brujería o lo demoníaco.

Más allá de esas interpretaciones, el cerebro humano sigue siendo uno de los mayores misterios científicos de nuestra especie.

A finales del siglo XX, muchos hablaban de la “era de Piscis”, asociada simbólicamente con la fe y la creencia.

El mundo giraba alrededor de supersticiones y temores sobre aquello que no se comprendía.

Las religiones, en muchos contextos históricos, influían fuertemente en la conducta de las personas mediante el miedo y la tradición.

Recuerdo que, cuando era niño y pasaba vacaciones en Salinas durante Semana Santa, nos prohibían bañarnos en el mar porque decían que podíamos convertirnos en peces.

Era una época donde el temor a lo desconocido condicionaba nuestro comportamiento.

También recuerdo que en la secundaria nos hacían rezar por las almas del purgatorio.

Años después, la propia Iglesia modificó muchas interpretaciones doctrinarias sobre estos conceptos.

En el siglo XX, los países se dividían entre desarrollados y subdesarrollados, dependiendo principalmente de su nivel de industrialización.

Hoy, en el siglo XXI, vivimos en la llamada era del conocimiento.

Ya no solo creemos: también investigamos, comprobamos y aprendemos.

Tenemos acceso a una capacidad informática y tecnológica sin precedentes.

Sabemos más porque disponemos de más información y mejores herramientas para procesarla.

Los países más desarrollados ya no son únicamente los más industrializados, sino aquellos capaces de generar, administrar y utilizar mejor el conocimiento.

Quien controla la información tiene poder.

Actualmente, a nadie se le ocurriría prohibirle a un niño bañarse en el mar durante Semana Santa para evitar que “se convierta en pescado”.

La tecnología y la informática se han convertido en extensiones del desarrollo intelectual humano.

Las nuevas generaciones crecen estimuladas por herramientas digitales que modifican la forma de aprender, comunicarse y pensar.

El ser humano seguirá conquistando circunstancias del ambiente que antes parecían sueños imposibles.

Caminar sobre la Luna o construir enormes barcos de acero que flotaran parecían imposibilidades hace siglos.

Hoy sabemos que muchos “imposibles” solo eran problemas para los cuales aún no existía la tecnología adecuada.

Tal vez algún día no sea necesario estudiar de la manera tradicional.

Quizá existan tecnologías capaces de ampliar directamente nuestras capacidades cognitivas.

Vivimos el siglo del conocimiento.

Y nuestro mayor patrimonio sigue siendo el ilimitado desarrollo del órgano que se estudia a sí mismo.

Gracias a él, ha sido posible que ustedes comprendan todo lo complejo que acabo de escribir.

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