En algún momento de la vida, a todos nos toca hacer algo solos por primera vez. Hoy le tocó a mi hijo, Franco, viajar sin mí.
Decidí traerlo unos días de viaje conmigo porque no sé con exactitud cuánto tiempo estaré lejos. Le expliqué que mami está un poco enfermita y que estoy buscando cómo sentirme mejor.
Mi hermano me ayudó regresándolo a mi país, pero la despedida fue súper dura. Ninguno de los dos queríamos separarnos, pero a mí me tocaba hacerme la fuerte. Él me miró con sus ojitos llorosos y me dijo: “Quiero que vengas tú”. Lo abracé y le dije que lo entendía, pero que tenía que quedarme un tiempo más.
Franco se agarraba el cuello y decía que no podía respirar. Claramente, le dio ansiedad. Al llegar a Guayaquil, le dijo a la señora de migración: “Mami está un poco enferma, a veces está bien, a veces no tanto”.
Y mientras el corazón se me hace chiquito, pienso en cómo esto lo prepara para la vida y lo vuelve más independiente. Crecer es lindo, pero también es doloroso. Para las madres que tenemos alguna condición de salud, muchas veces no podemos acompañar a nuestros niños en todo, y la culpa y la tristeza invaden el alma.
Franco se perdió su primer día de primer grado, pero ganó muchos otros llenos de alegría con su familia.
Como familia, estamos aprendiendo a enfocarnos en los pequeños logros. Para muchos podría ser algo sencillo; para nosotros, es una gran conquista.
