Cuando rendir cuentas se vuelve un show
En un país donde la confianza en la política se encuentra seriamente erosionada, los espacios de rendición de cuentas deberían ser, por definición, momentos de alto valor democrático, pues son instancias donde el poder se somete al escrutinio ciudadano, donde la palabra pública recupera su sentido y en donde la gestión se traduce en resultados concretos; sin embargo, lo que hemos presenciado recientemente en Ecuador plantea una inquietud legítima ¿estamos asistiendo a una rendición de cuenta o a una puesta en escena cuidadosamente diseñada para captar atención?
El caso de la asambleísta Viviana Veloz es curioso, su decisión de utilizar un vestido construido a partir de los comentarios negativos que ha recibido en redes sociales no es casual; responde a una lógica comunicacional contemporánea donde la narrativa personal; sin duda, es una estrategia que dialoga con los códigos digitales actuales, pero también abre un debate necesario ¿es la rendición de cuentas el espacio para responder a las críticas personales o para informar con rigurosidad sobre la gestión pública?
En paralelo, el asambleísta Andrés Castillo llevó el concepto de “política igual a espectáculo” a otro nivel, al convertir su rendición en un evento ambientado en un ring de boxeo, la metáfora evidentemente es que se vea a la política como lucha, como combate, como enfrentamiento permanente; y si bien esta narrativa puede resultar atractiva para ciertos públicos, también simplifica peligrosamente la naturaleza de la política, pues la reduce a una lógica de ganadores y perdedores, cuando en realidad debería estar orientada a la construcción de consensos y soluciones.
Ambos episodios reflejan una tendencia que no es nueva, pero que hoy se encuentra exacerbada, me refiero mis queridos lectores a la teatralización de la política; en la era de la hiperconectividad, donde la atención es un recurso escaso y valioso, muchos actores políticos han optado por priorizar el impacto visual y emocional sobre la profundidad del contenido; realmente el problema no es la creatividad, pues la política necesita nuevas formas de comunicar, sino el desplazamiento del fondo por la forma. Y aquí es donde el análisis debe volverse más estructural porque lo que está en juego no es únicamente el estilo de dos asambleístas, sino la concepción misma de lo que significa ejercer la función pública.
La política no puede seguir siendo entendida como un escenario de improvisación permanente, requiere de formación, preparación, criterio técnico y sobre todo un profundo sentido de responsabilidad; la profesionalización de la política no es un lujo ni una aspiración académica; es una necesidad urgente para cualquier democracia que aspire a ser funcional.
Un político profesional no es aquel que sabe manejar mejor una cámara o generar más interacción en redes sociales, es aquel que comprende el alcance de sus decisiones, que domina los temas que legisla, que entiende el contexto social, económico y jurídico del país, primordialmente que actúa con coherencia entre lo que dice y lo que hace.
Legislar no es hacer contenido, legislar no es volverse viral, legislar no es construir personajes; legislar es asumir una de las responsabilidades más altas dentro de un Estado al crear normas que impactarán la vida de millones de personas y a fiscalizar con el único objetivo de proteger a los ecuatorianos, no a venderse a los líderes de los partidos políticos a los que representa. Este fenómeno no solo afecta la percepción ciudadana, sino que también deteriora la calidad del debate público porque mientras se discute el vestido o el ring, se deja de discutir lo esencial como ¿qué leyes se impulsaron?, ¿qué fiscalización se realizó?, ¿qué problemas se resolvieron?, ¿qué propuestas se están construyendo?
Ecuador atraviesa desafíos profundos que requieren respuestas serias, técnicas y sostenidas; la inseguridad, la crisis económica, el debilitamiento institucional y la desconfianza ciudadana no se resuelven con performances, sino con trabajo político real, articulado y responsable.
En este contexto, la ciudadanía también tiene un rol clave, es necesario elevar el nivel de exigencia, no basta con consumir el contenido político como entretenimiento; es fundamental cuestionarlo, analizarlo y demandar sustancia porque mientras el incentivo sea la viralidad, la política seguirá respondiendo a esa lógica. La profesionalización de la política implica cambiar ese paradigma, significa entender que la comunicación es una herramienta, no un fin en sí mismo, que la imagen debe estar al servicio del contenido, y no al revés y que el liderazgo político no se mide en likes, sino en resultados.
Al final, la pregunta de fondo sigue vigente, más allá del impacto mediático: ¿estamos construyendo una democracia más sólida o simplemente una política más entretenida?
