Querido pueblo ecuatoriano: la democracia se encuentra en peligro.
El pueblo que nació luchando tendrá que mantener su esencia y dignidad luchando. Así, ante una guerra donde las garras de ciertos partidos políticos pretenden ultrajar nuestra opinión, decimos que la soberanía no se impone: con voces firmes, se decide.
En las últimas semanas hemos visto de cerca la alarmante preocupación de muchos por el modo en que las elecciones seccionales previstas para 2027 retrocedieron algunos meses en el calendario. A pesar de esto, hay algo que poco o nada se ha mencionado: con este cambio o sin él, bajo la mesa ya se estaban ideando y planificando acciones que quizá pueden considerarse traiciones a nuestra confianza y al cargo que obtuvieron gracias a nuestro voto.
Los nombres de los candidatos a algunas alcaldías —en especial, en ciudades como Guayaquil— han circulado por las redes sociales. Unos suenan más que otros, pero entre ellos, a nivel general, están quienes pretenden desistir de las necesidades sociales para saciar intereses personales.
Muchos de estos actores conforman el cuerpo legislativo, un cargo obtenido por votación popular y no por designación. Evidentemente, para ser candidatos, la ley les da la oportunidad de solicitar una licencia sin sueldo al momento de la inscripción y durante la campaña, pero el problema va más allá de lo legal: trasciende a lo ético y moral.
En efecto, el puesto quedará cubierto por sus alternos, pero nosotros no sufragamos por los alternos, sino por quienes, mediante una “supuesta preocupación” que hoy reaparece como búsqueda de beneficios, obtuvieron un cargo que terminaron utilizando como escalón político.
En los últimos años hemos visto mucho proselitismo en los medios de comunicación. Mucha empatía figurativa y choques de manos que parecían soluciones a simple vista. La realidad de la crisis política en el país es que vemos muchas promesas en la euforia de las campañas, pero en la práctica encontramos resultados decadentes que conducen al robo y no a la justa inversión en obras públicas.
Asimismo, en delicadas temporadas electorales como esta, nos centramos más en las estadísticas del candidato que más simpatía genera que en los resultados obtenidos durante una administración que pudo ayudarnos a avanzar o retroceder. Ese es un pensamiento que debemos tener claro: nuestras provincias y ciudades no nos piden ser tibios, nos exigen dejar de serlo.
Actualmente, esta problemática alcanza su punto más crítico cuando los intereses particulares prevalecen sobre los generales. Sin embargo, la solución no radica únicamente en señalar cada uno de estos errores, sino en formar parte del cambio al momento de sufragar con conciencia. Evaluemos gestiones, no discursos que pueden ser fácilmente generados con inteligencia artificial.
No busco criticar a nadie, sino dejar un mensaje para las próximas elecciones de nuestro país, sui géneris, y para quienes siguen el digno camino de la política, cuyo significado se ha visto fuertemente mancillado por personajes como estos:
La política no es mala; la maldad reside en quienes no saben administrarla.
La democracia, a su vez, no se espera: se construye.
Antes de hacer planificaciones en nombre de ella, recuerden que todos los observan y que, por encima de sus intereses, debe estar la moral. Los puestos públicos tienen fecha de caducidad, pero los valores son aquellos que la historia no borra, y los principios son el tesoro que no se vende a ningún postor.

Si, pero como terminamos con la delincuencia. Nos hemos convertido en un país de sinverguenzas y muy pocos se salvan.