12 mayo, 2026

El equilibrio que los políticos prefieren que no entendamos

Mientras algunos países rotan el poder sin romperse, otros convierten cada cambio en revancha personal

Cambiar de gobierno debería ordenar. Pero, en muchos lugares -y Ecuador es uno de ellos-, cada cambio se vive como si hubiera que empezar de cero y, de paso, ajustar cuentas. Mientras algunos países rotan el poder sin romperse, otros convierten cada cambio en revancha personal.

«No le hagamos el juego a la política», repito siempre hasta el cansancio. Suena elemental, pero apunta a algo más incómodo. Basta ver cómo se discute hoy: todo empujado hacia los extremos, todo convertido en bando. Ya no se elige entre matices; se elige contra alguien.

La lógica de trincheras

Las redes sociales vuelven todo inmediato y emocional: memes que simplifican, narrativas políticas que se adoptan casi sin pensarlo. Entender pasa a segundo plano; lo importante es ubicarse, saber de qué lado estás y, desde ahí, leer -o filtrar- todo lo demás. A la política eso le viene perfecto: dividir es sencillo, casi automático; gobernar es otra nota.

Puedes fragmentar una sociedad, ganar con una minoría y después gobernar para los tuyos. Para la tribuna. Estudiosos hablaban de cómo uno se arma desde los grupos a los que pertenece. La polarización no es solo ideológica, es emocional: empezamos a mirar mal al otro, incluso cuando no hay tanta diferencia real.

Y la política se monta ahí. Simplifica, etiqueta, ordena en dos colores gruesos. Sirve para ganar elecciones, no para sostener países. Se ve en la región. Argentina saltó de un extremo al otro; la «grieta» ha profundizado bajo el gobierno de Javier Milei. Ecuador, envuelta en la lógica correísta-anticorreísta, ha demostrado que eso es muy efectivo para ganar elecciones, pero no para dar respuestas.

El problema no es cambiar, sino cómo se cambia

Ahí aparece la confusión: la alternancia.

La alternancia no es el problema. Sin alternancia, la democracia se estanca. El problema es cuando ese cambio deja de ser ajuste político y se vuelve ajuste de cuentas.

Uruguay cambia de gobierno y el sistema sigue. Gana uno, pierde otro, vuelven después. No hay sensación de que todo está en juego cada cuatro años. Chile, durante un tiempo, también se movía así. Ecuador no. Aquí el cambio es desquite. Correísmo y anticorreísmo ya no son posiciones: son identidades. Y, cuando la política se arma así, se vota más para bloquear que para construir. Por eso estamos destruidos.

Esto no es solo una cuestión de actitud o voluntad política: son incentivos institucionales mal diseñados. Cuando perder una elección significa persecución judicial, cuando ganar implica capturar todas las instituciones, cuando no hay reglas que protejan al adversario, la política se convierte en guerra. Y en la guerra no hay moderación posible.

Ni todo un lado ni todo el otro

Ningún país progresa de forma sostenida quedándose siempre en el mismo lado. Ni todo izquierda ni todo derecha. Cuando una lógica se vuelve permanente, se convierte en costumbre, después en dogma y termina capturando el Estado. Aparecen el clientelismo, la falta de autocrítica, la idea de que cambiar es perder.

La izquierda puede empujar derechos, inclusión, protección. La derecha puede ordenar cuentas, atraer inversión, dar reglas. El problema es cuando cualquiera de las dos se queda demasiado tiempo y deja de corregirse.

No es que ambos lados sean iguales ni que sus proyectos sean equivalentes. Es que ninguno funciona sin límites institucionales, sin autocrítica, sin alternancia real. La pregunta no es qué lado gobierna, sino qué pasa cuando cualquiera deja de tener contrapesos.

Los países que avanzan no son los más ideológicos, sino los que pueden moverse. Alternan, pero con instituciones que sostienen: justicia que no cambia con cada gobierno, prensa que incomoda, reglas que no se reinventan. Y políticas que se miden por resultados, no por lealtades. A veces hace falta más Estado. A veces más mercado. No es una consigna: es un sano equilibrio que los políticos quieren que no entendamos.

El resultado de no tener eso es un país que gira, pero no avanza. Cada gobierno llega con cuentas pendientes, el otro se defiende y el tiempo se va en esa tensión.

Lo que realmente hace falta

Por eso, no hacerle el juego a la política no es retirarse ni adoptar neutralidad cómoda. Es no dejarse arrastrar por esa lógica de bandos que simplifica todo y termina vaciándolo. Es rechazar la dinámica binaria que empobrece el debate sin renunciar a tomar posición.

Si hay algo menos épico -y por eso mismo más difícil- es esto: cambiar de gobierno sin sentir que se juega la supervivencia propia. Elegir algo, no solo evitar algo. No suena heroico. Pero probablemente ahí está lo que más falta.

La realidad es menos épica y más incómoda: gobiernos que se equivocan, corrigen a medias y necesitan ser reemplazados sin destruir lo anterior. Sistemas que avanzan no porque alguien tenga toda la razón, sino porque nadie la tiene del todo y, aun así, hay reglas que obligan a convivir.

Uruguay no es un milagro moral: es el resultado de décadas construyendo reglas donde perder no implica desaparecer ni ser perseguido. En Ecuador y Argentina, perder sí puede significar eso. Ahí cambia todo. La polarización no es solo emocional: también es racional cuando las consecuencias de perder son tan altas.

No da para discurso. Pero es lo único que, con el tiempo, sostiene algo parecido a un país. Siempre recuerda que la política necesita que elijas bando (y pierdas el equilibrio); no le des ese gusto.

 

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