Casi en todo el mundo se celebra el Día Internacional del Trabajador, con grandes manifestaciones.
El antecedente que conozco es una tragedia, en la que fallecieron más de 100 costureras que trabajaban en un taller en malas condiciones, con bajos salarios y más de 12 horas diarias, encerradas con candado. Hubo un incendio, no pudieron salir y todas murieron quemadas.
La tragedia tomó trascendencia internacional y la OMT (Organización Mundial del Trabajo) tomó cartas en el asunto.
Se reguló la jornada laboral de ocho horas diarias, también el máximo de horas extraordinarias y el sueldo, según el tipo de trabajo y la responsabilidad de cada uno de los trabajadores.
En el Ecuador también se celebra este día por parte de los trabajadores, tanto en Quito como en Guayaquil y en varias capitales de provincia, con marchas. Los trabajadores reclaman mejores salarios a los patronos y, generalmente, interpelan a los presidentes de turno.
En Guayaquil se concentran en el edificio del IESS, situado en la av. Olmedo, y avanzan por la calle Chimborazo hacia la av. 9 de Octubre; giran a la izquierda hacia la Columna de los Héroes y, después de los discursos de rigor, se disuelven.
En mi familia este día tiene un significado especial: es el cumpleaños de mi hermana Anita Rosa y de mi sobrino Iván Correa. Invita a sus más allegados a tomarnos un cafecito.
Al acercarse este día, viene a mi recuerdo mi hermana y, en ocasiones, sueño con ella.
La reunión es entre las siete y diez de la noche, hora en que nos retiramos a nuestros respectivos hogares.
