El Cementerio Nacional en Arlington, Virginia data de 1864 y su propósito inicial —absolutista, por cierto—fue sepultar exclusivamente a los soldados de la Unión caídos durante la Guerra Civil. A partir de entonces sirvió para honrar el servicio y último sacrificio de todos los militares estadounidenses. Así, por ejemplo, el comandante Levi Calvin Bartolette, fallecido en Guayaquil en 1912 a los 46 años por fiebre amarilla, fue allí sepultado con honores.
La flexibilidad del histórico mandato se ejerció por primera vez en 1944 cuando un acto del Congreso permitió la inhumación del mariscal de campo inglés, Sir John Dill, como tributo a su extraordinaria contribución durante la II Guerra Mundial. Hoy, en un país marcado por su republicanismo, la excepción a la regla se ha extendido a cerca de 75 extranjeros enterrados en Arlington como señal de máxima distinción y respeto a pesar de sus nacionalidades.
Los absolutismos han sido conceptualmente importantes para la consecución de una sólida institucionalidad a lo largo de generaciones. Las excepciones han servido también para conceptualizar nuevas realidades con el paso del tiempo. Sin embargo, ningún personalismo político —por enigmático y vertiginoso que fuese— podrá superar los sólidos sustentos de la democracia estadounidense. El ejemplo de Arlington pone en evidencia las virtudes de las excepciones cuando la normativa merece una revisión, sin menoscabo de los superlativos valores institucionales y del pleno derecho que asiste a quienes las hacen cumplir.

concuerdo plenamente con Gonzalo
Muy acertado, cuando se analizan las circunstancias de casa situación o caso concreto, bajo una percepción humana, se logran tomar decisiones, que para muchos serán receptadas como acertadas o justas.