Milei volvió a protagonizar una escena internacional incoherente: en el Día de la Independencia israelí, le rindió pleitesía a Benjamín Netanyahu al cantar “Libre”, de Nino Bravo, con su ronca y forzada voz.
El autoproclamado liberal-libertario exalta la “moral como política de Estado”, basada en la no agresión y la libertad absoluta, pero se alinea con un político cuya gestión acumula más de 72.000 civiles muertos en Gaza hasta marzo de 2026, incluidos 15.000 niños, además de víctimas en Líbano, Irán, Siria y Yemen.
Netanyahu, además, carga con órdenes de arresto de la CPI por crímenes de guerra, entre ellos el uso del hambre como arma y los ataques sistemáticos contra civiles.
La escena no terminó en la canción. Milei dejó una frase que sintetiza esa afinidad política y moral: “En la charla con el queridísimo Bibi [Netanyahu], hablamos de cómo tenemos que vivir bajo las calumnias y las injurias de un periodismo que actúa de manera violenta”.
Dice Milei que el periodismo integra “las fuerzas del mal” y, en esa lógica, convierte a la prensa crítica en enemiga. El paralelismo ya no parece exagerado: Netanyahu “soporta calumnias” en una guerra en la que ya han muerto más de 400 periodistas; Milei las “soporta” a portazos, al no renovar acreditaciones en la Casa Rosada.
Mi crítica no es contra el pueblo judío, ajeno a las decisiones del gobierno de Netanyahu, sino contra dos líderes que invocan valores judeocristianos mientras los vacían de contenido. Milei subordina los intereses de la Argentina a su imagen de supuesto “gran liberal mundial”. Netanyahu empuja cada vez más los límites para perpetuarse en el poder.
Cantó “Libre” mientras Netanyahu sigue martirizando inocentes en Oriente Medio. La historia recordará quién aplaudió la jaula.
