Estados Unidos apoyó a Irak en su guerra contra Irán (1980-1988) para mantener el balance de fuerzas entre ambos, pero utilizó también al régimen iraní cuando procuró armas para los Contras en Nicaragua. El bombardeo de Israel (1981) al reactor nuclear iraquí sentó el precedente de la Doctrina Begin sobre la proliferación nuclear regional. El petróleo cayó de $40 a $15 durante esos ocho años. Luego del armisticio con Irán —sin vencedores—, Irak invadió Kuwait, desatándose la Primera Guerra del Golfo (1990-1991). La Segunda Guerra (2003) marcó la derrota y muerte de Saddam Hussein, y la posesión de una nueva administración política en Bagdad afín a Washington.
A pesar de las sanciones económicas, Irán impulsó su plan de enriquecimiento de uranio para fines militares. Los presumibles ataques israelíes (2020 y 2021) contra instalaciones nucleares iraníes dieron paso al más radical de todos (2025) y al comienzo de la actual guerra. Los conflictos no duran para siempre, pero sus escenarios y actores mutan, impactando, en este caso, la libre circulación de petróleo y, por ende, la economía mundial.
Irán reconoce a la —hasta ahora— improbable consecución de su poder nuclear como la única fuerza disuasiva contra futuras represalias. Estados Unidos —históricamente— no se retira rápidamente de sus conflictos bélicos y aquello supondría la continuación de la guerra, con devastadores impactos económicos de los que Irán difícilmente podría recuperarse, una gran recesión económica mundial y el fin del militarismo Trump.
