12 mayo, 2026

¿Hasta cuándo, señor Petro?

Aun en una región donde la política suele transitar entre la pasión y la confrontación, resulta cada vez más difícil justificar el tono que ha decidido adoptar el presidente Gustavo Petro frente al Ecuador. No se trata de una diferencia diplomática aislada ni de un desacuerdo puntual entre gobiernos. Lo que estamos viendo es la reiteración de un estilo: el de la provocación, el de la frase altisonante, el del comentario que busca impacto inmediato, aunque deje como saldo una relación deteriorada.

Las recientes declaraciones en torno a que el presidente Daniel Noboa “le tiene miedo” y que no se venderá electricidad porque “no son pendejos” no son simplemente desafortunadas; son impropias de la investidura que representa. Porque una cosa es defender intereses nacionales y otra muy distinta es degradar el lenguaje y convertir la política exterior en un intercambio de descalificaciones personales.

La relación entre Colombia y Ecuador ha atravesado momentos complejos antes, y seguramente los seguirá teniendo. Es natural entre países vecinos con economías interdependientes, dinámicas fronterizas intensas y visiones políticas distintas. Pero, precisamente por eso, la diplomacia existe: para procesar las diferencias con inteligencia, con prudencia y, sobre todo, con respeto. Cuando esa diplomacia es sustituida por el impulso, lo que queda no es firmeza, sino fragilidad y torpeza.

La tensión comercial, los cruces por medidas arancelarias, las decisiones en materia energética y las diferencias en seguridad han ido configurando un escenario muy delicado. Sin embargo, lo que debería canalizarse a través de mesas técnicas y mecanismos institucionales ha sido llevado al terreno del discurso confrontacional. Y es en ese terreno donde todos pierden.

Pierde el comerciante que depende de la estabilidad en la frontera. Pierde el empresario que necesita reglas claras. Pierde el ciudadano que observa cómo dos países hermanos se distancian por declaraciones que no resuelven absolutamente nada. Porque, seamos claros: ninguna de estas frases mejora el comercio, ninguna de estas posturas resuelve la seguridad y ninguna de estas actitudes garantiza el suministro energético.

Se está desplazando lo importante. Se distorsiona la percepción y se termina construyendo una realidad paralela donde lo urgente sustituye a lo relevante. Cuando un presidente habla, no habla solo para su audiencia interna; habla para la región, para los mercados, para los actores internacionales, y cada palabra mal utilizada tiene un efecto acumulativo.

El presidente Noboa, con mayor o menor acierto en sus decisiones, ha optado por un tono más institucional, más contenido, más propio de quien entiende que la política exterior no es un escenario para protagonismos personales. Y esa diferencia de estilos no es menor: marca una línea entre la política que busca resolver y la política que busca imponer.

Pero, más allá de nombres propios, lo que está en juego es algo más grande: la calidad del debate público, el nivel de la política regional, la forma en que entendemos el ejercicio del poder. Ya estamos cansados de las bravuconadas que no construyen, de los dislates que no aportan, de las frases que solo buscan titulares, pero no soluciones.

Colombia y Ecuador necesitan diálogo, coordinación y visión de futuro. No necesitan confrontaciones estériles ni discursos que alimenten la división.

Porque, al final, el desgaste no lo sufren los presidentes en sus discursos; lo sufren los países en sus realidades. Y cuando la política se convierte en un ejercicio de confrontación permanente, lo que se debilita no es un gobierno, sino la posibilidad misma de construir soluciones compartidas.

¿Hasta cuándo, señor Petro?

3 comentarios

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