A pocos meses de las elecciones seccionales de noviembre de 2026 o febrero de 2027, algunos grupos políticos comienzan a ponerse nerviosos y empiezan las alianzas.
En Antonio Ante ocurre lo mismo: aparecen candidatos reciclados, reencauchados, mientras el alcalde que busca la reelección inaugura obras como si fueran regalos de campaña.
Los más disciplinados de los partidos tradicionales han venido haciendo los deberes desde hace tiempo. Otros, los más rezagados, llegarán a la contienda electoral improvisando, corriendo contra el reloj. Y algunos, decepcionados de antemano, ya preparan demandas de inconstitucionalidad por el adelanto de las elecciones, incluso antes de que empiecen las campañas oficiales.
Pero el verdadero problema, a mi juicio, es otro.
La clase política aún no termina de entender que el primer día de una campaña es el día siguiente a la elección anterior.
Muchos partidos trabajan intensamente solo hasta ganar… o perder. Después desaparecen. Y ese es un error de bulto.
Porque no es lo mismo una campaña para ganar que una campaña para gobernar.
En ambas coinciden tres elementos: el candidato, el ciudadano y la búsqueda de confianza. Pero las diferencias aparecen en dos aspectos clave: el espacio y el tiempo.
El espacio de una campaña electoral está en todas partes: en la calle, en los barrios, en las radios, en la televisión, en los foros, en las redes sociales, en el puerta a puerta o incluso en una cafetería, en la mesa del hogar, en la cantina, en el club, hasta en misa, etc.
En cualquier lugar donde el candidato pueda pedir el voto.
Pero cuando se gobierna, el espacio cambia. Es la institución pública desde donde se gestiona, se decide y se responde a la ciudadanía.
Aunque hoy hay un nuevo escenario que lo cambia todo: las redes sociales y la inteligencia artificial. Tecnologías capaces de deformar la imagen de un candidato o hacerlo aparecer como ganador. En ese mundo digital, incluso las encuestas comienzan a perder credibilidad.
También cambia el tiempo.
Una campaña electoral es corta, intensa, agotadora, más aún si se adelantan las elecciones por cuestiones climáticas. Su objetivo es simple: ganar la confianza suficiente para obtener el voto.
En cambio, una campaña para gobernar dura todo el período de gobierno: cuatro años en los que el candidato se convierte en servidor público y debe demostrar, con hechos, si su gestión merece continuidad… o castigo en las urnas.
Porque gobernar bien es, en realidad, la verdadera campaña para una posible reelección.
Ahora bien, en la práctica, muchas campañas se hacen tarde… y casi siempre mal.
Son lo que podríamos llamar campañas de postín: mucho marketing, mucha foto, mucho discurso… pero poco contacto con la realidad.
Por eso resulta aún más difícil —aunque no imposible— intentar algo distinto: construir una nueva alternativa política sin los políticos de siempre.
Una propuesta que nazca desde la calle, con gente de la calle, para la gente de la calle y con el lenguaje de la calle.
Porque, al final, el ciudadano solo se acerca a la urna cuando entiende y siente el mensaje. De lo contrario, lo que encuentra es desencanto: los mismos candidatos reciclados, los mismos partidos enfrentados públicamente, pero convivientes en la corrupción y la impunidad.
Y frente a todo eso, la pregunta queda abierta:
¿Seguiremos repitiendo lo mismo en las próximas elecciones seccionales?
¿O llegará el momento de cambiar la forma de hacer política?
Como dice el viejo refrán: amanecerá y veremos.
Por ahora, al 29 de marzo de 2026, el reciente cambio del cronograma electoral ha generado un fuerte movimiento en los partidos políticos del país.
Agrupaciones como Revolución Ciudadana, Construye y Unidad Popular consideran que la medida de adelantar elecciones busca alterar las reglas de juego y limitar la participación ciudadana, y demandarán ante la Corte Constitucional la inconstitucionalidad del informe que sirvió de base para que el CNE y el Ejecutivo anticipen las elecciones.
Con los partidos presionados por el tiempo y la modificación del cronograma electoral, las alianzas estratégicas —como la que plantea Pachakutik con RC5— podrían redefinir el tablero político antes de los próximos comicios, incluyendo alianzas locales como las de los precandidatos de mi cantón, Antonio Ante, por la fuerza de la agrupación indígena en la provincia de Imbabura y el voto cautivo que aún mantiene la RC5, aunque se quiera minimizarlo.
Esa es mi lectura. Respeto la tuya.
