La soterrada censura sufrida por el caricaturista Bonil, es sin duda alguna un triunfo del poder contra el humor.
Frente a todas las contrariedades de la vida, a las verdades más amargas, las cosas que más nos hieren, el dolor y la enfermedad terminal, existe un antídoto al menos transitorio, que nos permite disfrutar un momento dado.
De eso se trata el humor.
Se cuentan chistes en velorios, quitándole formalidad al acto, nos reímos de flamantes asambleístas que no saben leer, que hablan pavadas e incluso de las que mandan a robar bien, un simple puesto de mandos medios infla como globo a las personas hasta que un caricaturista con humor de alfiler lo hace explotar.
Los políticos en general -Ronald Reagan una excepción maravillosa- odian el chiste, desprecian la ironía, les molestan las bromas que se hacen por sus errores y creen que acabando con los mensajeros se blindan de cualquier chiste que desnude sus actuaciones.
Pero acuden al humor si este sirve para rebajar al rival, funciona mientras la sátira vale para atacar al projimo, pero no cuando son reflejo de sus desatinos.
Basta una caricatura para que la gente entienda la esencia de un escándalo. Una viñeta puede resumir en tres trazos lo que un informe parlamentario tarda 200 páginas en explicar. El humor convierte al poderoso en personaje, y al personaje en caricatura. De ahí que muchos gobiernos intenten domesticarlo, como si la risa pudiera meterse en un corral.
Pero el humor tiene una ventaja: es escurridizo. Aunque lo persigan, siempre encuentra un nuevo disfraz. Si prohíben la sátira en televisión, aparece en memes; si censuran las caricaturas en periódicos, surgen en murales callejeros, en las redes sociales, o se cuela en conversaciones de sobremesa. El humor es como el agua: se adapta, fluye y, tarde o temprano, moja al político que intentó mantenerse seco.
Nada da más material a un humorista que un político indignado por un chiste. La censura, en lugar de apagar la risa, la multiplica. Porque si algo sabe la gente es que cuando alguien se ofende demasiado por una broma, probablemente la broma tenía más verdad de la que le gustaría admitir.
En conclusión, el poder político puede intentar blindarse contra el humor, pero siempre perderá la batalla. La risa es el arma más democrática que existe: no necesita permiso, no requiere presupuesto y, sobre todo, no respeta jerarquías.
Daniel en humor aún no ha superado “bicos is nais”
Amos Oz, escritor israelí decía, la risa siempre tiene algo de subversivo. Nunca vi en mi vida a un fanático con sentido del humor ni a una persona con sentido del humor que sea fanática, salvo en el caso de que lo hubiera perdido”.
La potencia intelectual de un hombre se mide por la dosis de humor que es capaz de utilizar. – Friedrich Nietzsche

Totalmente de acuerdo, un artículo que expresa con claridad el efecto del humor aplicado en la política.