La influencia mundial de Trump es indiscutible, pero su sostenibilidad es materia de una simulación entre expectativas racionales. Las probabilidades de un sucesor republicano en la Casa Blanca son menores a las de un demócrata, y aún así, difícilmente un presidente en su primer periodo se atrevería a incursionar en política exterior con la improvisada determinación exhibida por Trump en su último mandato. Los republicanos son tradicionalmente más proclives a los conflictos que los demócratas, pero estos llevarían la delantera para las generales de 2028.
El efecto resultante de la debacle iraní abarcaría una mayor oferta de crudo y la eliminación de sus vertientes terroristas en Oriente Medio. En América Latina, la caída del régimen cubano surtiría un impacto devastador a los subsistentes grupos izquierdizantes de la región. Venezuela, cualquiera que sea la fórmula, estaría evidenciando los últimos tiempos del castrochavismo post-Maduro. Estos escenarios estarían vigentes hacia las elecciones de medio periodo en noviembre en Estados Unidos.
La guerra contra el narcotráfico no tendría resultados concluyentes inmediatos, pero el valor de mercado de los estupefacientes se dispararía sustancialmente. Los tentáculos de los narcos precisarían enfrentar a una determinante institucionalidad para abatir sus efectos en el tiempo. Un misil puede destruir reductos subversivos de raíz —de hecho, cohetes fueron ya disparados en Imbabura—, pero no podrá someter plenamente a sus operadores sin un verdadero Estado de derecho.
