En distintos rincones de América Latina comienzan a escucharse voces que dicen algo que la ciudadanía lleva tiempo pensando: basta de la vieja política. No de la política como servicio público —que es necesaria—, sino de esa política desgastada que se alimenta en escándalos, egos inflados y promesas recicladas.
Cuando un dirigente afirma que no se desviará de sus principios y que no cree en la corrupción maquillada de palabras bonitas, en realidad está tocando una fibra profunda de la sociedad. Porque el problema no es solamente la corrupción evidente —la que termina en tribunales o titulares de prensa o en simples escándalos o distractores de las crisis sino aquella que se disfraza de discursos elegantes, de campañas bien diseñadas o de sonrisas televisivas.
En el Ecuador, ese fenómeno no es nuevo. Durante décadas hemos visto regresar a los mismos actores políticos, los mismos grupos de poder y, muchas veces, las mismas prácticas incluso en ciertas alcaldías y prefecturas ayudadas por la narco política, para hacer obras con el pretexto o justificativos de que los presupuestos que por ley les corresponde llegan tarde o en goteros y peor aún con las Reformas del COOTAD del 70 % para inversión y 30 % para obra social o entretenimiento.
Lo cierto es que para las elecciones seccionales del 2027 y en especial en mi provincia Imbabura y concretamente en mi cantón Antonio Ante solo cambian los slogans, cambian los colores de campaña, pero detrás de los escenarios aparecen los mismos intereses, las mismas alianzas opacas y las mismas promesas que nunca llegan a cumplirse.
¿La ciudadanía Anteña ya aprendió a reconocer ese guion es la pregunta?
Primero aparecen las grandes palabras: “renovación”, “cambio”, “unidad”. Luego llegan las campañas llenas de propaganda, los discursos inflamados y las acusaciones cruzadas entre candidatos . Pero una vez que pasa la tormenta electoral y las consultas inconsultas que no se cumplen , el país vuelve a enfrentar los mismos problemas: instituciones debilitadas, justicia politizada, burocracias capturadas y recursos públicos convertidos en botín.
Por eso hoy el cansancio ciudadano no es solamente político; es moral.
La gente no está pidiendo milagros. No espera gobernantes perfectos. Lo que exige es algo mucho más básico: coherencia, honestidad y respeto por lo público.
Y eso implica algo fundamental: que quienes ya gobernaron y fallaron no pretendan volver como si nada hubiera pasado. La memoria democrática no puede ser tan corta que permita reciclar eternamente a los mismos responsables de los fracasos nacionales y seccionales.
El Ecuador y mi cantón Antonio Ante necesitan algo más que nuevos candidatos. Necesita una nueva cultura política.
Antonio Ante necesita una política donde el liderazgo no se mida por el volumen del ego, de la plata que reciben de origen dudoso sino por la capacidad de servir. Donde la transparencia no sea una consigna electoral, sino una práctica cotidiana. Y donde el poder no sea visto como un premio personal, sino como una responsabilidad frente a miles de ciudadanos electores
Porque cuando la política se convierte en un negocio o en un escenario para la vanidad, el país entero paga las consecuencias.
Hoy el mensaje que se escucha en las calles, en las redes y en las conversaciones cotidianas es claro: no queremos más de lo mismo.
No más escándalos convertidos en rutina.
No más discursos llenos de moral mientras se negocian en la sombra la reelección con gestiones mediocres y entrega de obras de salida
No más caudillos que creen que el país, las Alcaldías y las Prefecturas les pertenecen.
El Ecuador, mi provincia Imbabura y Antonio Ante merecen una política limpia, valiente y responsable.
Y sobre todo merece algo que durante demasiado tiempo ha estado ausente: una generación de dirigentes que no llegue al poder para repetir la historia, sino para cambiarla para romper la pobreza con una nueva forma de hacer política como yo propongo con RAÍZ CIUDADANA
