La incontestable desconexión —de los últimos 30 años— entre el poder político estadounidense y la política de la Casa Blanca sobre América Latina ha terminado. Trump rompió los esquemas de supremacía ideológica y retórica capitalista que obviaron el combate al socialismo. La influencia de Marco Rubio —artífice de la aún inconclusa agenda Venezuela— ha sido notable para retomar el pulso del Departamento de Estado en el devenir de la región.
La eterna especulación sobre el final del régimen comunista cubano y el “añorado” retorno de la diáspora presupone, en la práctica, una poco probable masiva migración hacia la isla. La apreciación de Rubio —nacido en Estados Unidos, como la hoy mayoría de los cubanoamericanos— sobre el exilio y su pretendido aporte al futuro de Cuba debe haber mutado a través de los años, especialmente con la jerarquía que ahora ostenta. La rúbrica de Rubio sobre la agenda latinoamericana, empero, tendría un singular contrapeso en el poder político-económico del establishment de Washington y su preocupación por los múltiples flancos geopolíticos abiertos por Trump.
Cuba y Venezuela estarían resignadas por el estancamiento de sus escenarios mientras otros conflictos —Irán, Ucrania— acaparan los intereses personales de Trump. ¿Cuánta influencia tendría Rubio en el desenlace cubano? Su preeminencia como un consumado estadista, próximo líder republicano y principal contendor por la Oficina Oval estaría en juego. Hillary Clinton, en proyección comparable, no tuvo éxito, enterrando su carrera política.
