Ecuador tiene significativas reservas probadas de minerales raros (neodimio, itrio, etc.) para potenciar su debilitada economía, revirtiendo sus ingresos al erario con propósitos preestablecidos. Los políticos de izquierda acostumbradamente abogarían por su permanencia “debajo del subsuelo” como un nuevo compromiso ecológico del país digno de consignársele una compensación por ese notable conservacionismo del planeta.
El debate del país, sin embargo, debería enfocarse sobre cómo explotar eficientemente esta extraordinaria fuente de riqueza sin cometer los desaciertos del pasado en el que las empresas públicas cumplieron como antro de corrupción dentro de un Estado absolutista incapaz de producir un progreso tangible y sistémico para su población.
Las potenciales rentas deberían servir, en términos estrictamente públicos, para pagar anticipadamente la deuda pública y fortalecer las reservas monetarias del país. Sin institucionalidad, empero, estos nuevos recursos poco aportarían, a través de concesiones, para adicionalmente: mejorar la infraestructura de conectividad en general, impulsar la competitividad educativa, apalancar financieramente la seguridad social y apuntalar los sistemas de salud pública.
La creación de más estatismo no cabría entre quienes, conociendo la historia y la ortodoxia económica, pretenderían un nuevo país que no requiera condonaciones del aparataje productivo estatal por una “limpieza o ajuste contable”. ¡El maquillaje ya no consigue camuflar los excesos de un Estado largamente trasnochado!

De acuerdo