Ecuador recibió con profunda tristeza la noticia del fallecimiento de los sacerdotes Alfonso Avilés Pérez y Pedro Anzoátegui, quienes murieron el viernes 13 de marzo tras rescatar a dos monaguillos que estaban a punto de ahogarse en una playa del cantón Playas.
Ambos sacerdotes participaban en un retiro de monaguillos por Cuaresma cuando los jóvenes ingresaron al mar y comenzaron a tener dificultades en el agua. Sin dudarlo, los padres acudieron al rescate y lograron salvar a los menores. Los monaguillos pudieron salir con vida, pero lamentablemente los sacerdotes no lograron regresar.
Este acto de entrega resume, de manera dolorosa pero profundamente significativa, el sentido más auténtico del sacerdocio y del servicio cristiano: dar la vida por los demás.
El padre Alfonso Avilés Pérez, nacido en Murcia, España, en 1966, fue ordenado sacerdote en 1990. Durante más de treinta años ejerció su ministerio con una profunda vocación pastoral. En los últimos años se desempeñó como párroco de San Alberto Magno, en la diócesis de Daule, donde dejó una huella imborrable de fe, cercanía y compromiso con su comunidad.
Quienes lo conocieron recuerdan su entusiasmo, su cercanía con los jóvenes y su permanente impulso a la formación espiritual. Promovió la catequesis familiar, la adoración eucarística y la formación de monaguillos. Una frase que repetía con frecuencia reflejaba su espíritu:
“¡Al ataque, que la meta es el cielo!”
El padre Pedro Anzoátegui, nacido en 1982, fue ordenado sacerdote el 20 de noviembre de 2010 en la Catedral de Guayaquil. Durante su ministerio sirvió en diversas parroquias, acompañando a comunidades, jóvenes y monaguillos con dedicación pastoral y profundo sentido de servicio.
La noticia de su fallecimiento ha causado un profundo impacto en la Iglesia ecuatoriana y en la comunidad católica. Durante la misa celebrada en la parroquia San Alberto Magno, el cardenal Luis Cabrera, arzobispo de Guayaquil, pidió orar por ambos sacerdotes y encomendarlos a Dios, recordando su entrega y su testimonio de fe.
Las palabras del Evangelio cobran un significado especial frente a este hecho:
“No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Juan 15, 13).
En medio del dolor, queda el testimonio de dos sacerdotes que vivieron su vocación hasta las últimas consecuencias. Su muerte no fue un accidente cualquiera; fue un acto de entrega que refleja el amor al prójimo y la fidelidad al llamado que asumieron al convertirse en servidores de Dios.
Desde Desde Mi Trinchera expresamos nuestra nota de pesar por la partida de los padres Alfonso Avilés y Pedro Anzoátegui, y extendemos nuestra solidaridad a sus familias, a sus comunidades parroquiales y a todos los fieles que hoy lloran su partida.
Su ejemplo permanece como una lección silenciosa, pero poderosa: Una vida dedicada al servicio tiene sentido incluso en el sacrificio final.
Descansen en paz.

Ha conmocionado y conmovido al país la acción heroica de estos dos sacerdotes y su sacrificio supremo por otro ser humano. Dios los tiene en SU GLORIA