Ser mujer no es sinónimo de feminismo.
No espero un día específico para defender lo correcto. Desde que tengo uso de razón, lucho por los derechos de las niñas desde el vientre materno; por ende, no apoyo la idea de asesinarlas por el simple hecho de que no tienen voz. Si no hay mujeres con vida, no hay 8 de marzo.
Esta es una fecha para conmemorar a quienes son sinónimo de valentía, lucha y resiliencia. Y como mujer, yo las defiendo desde su concepción. Ellas también tienen derechos; sin embargo, muchas veces son las mismas mujeres quienes luchan para que estos se vulneren. Por eso no soy feminista, porque hoy valoro y reconozco que ser mujer no es cuestión de identificarse con colores morados y verdes, sino de tener la conciencia de defenderlas ante su indefensión.
A diario vemos que, en países como Afganistán e Irán, las mujeres enfrentan graves limitaciones. En Afganistán, por ejemplo, el 86% de las mujeres carece de acceso a la justicia, sin vías para denunciar abusos y con derechos prácticamente inexistentes. Es una alarma para el mundo y un eco de retroceso en cuestiones de desarrollo.
Ser mujer no representa callar ante la opresión, sino trabajar de forma armónica para transformar la realidad. El impacto de ese trabajo puede ser mucho más profundo que salir a las calles con obscenidades o vulgaridades pintadas en el cuerpo.
Hoy ratifico que no me quedaré callada y que hablaré por ellas: por quienes tienen derechos desde el vientre materno, mientras otras marchan para que gobiernos normalicen y legalicen su eliminación; y por quienes cubren sus rostros bajo leyes retrógradas y esperan ser visibles ante el mundo.
Hoy, con el orgullo de ser mujer, afirmo que el feminismo no me representa y que mi lucha no busca destruir, sino cuidar, respetar y preservar.
En mi condición de mujer, alzo la voz por quienes el sistema eliminó en el vientre, su supuesto lugar de protección. Defiendo las dos vidas y hoy sé de qué lado de la historia estoy.

Eres una mujer valiente, digna hija de tu padre.
Tu voz y tus argumentos son un fuerte eco de la dignidad humana establecida por Dios.