13 marzo, 2026

La muerte del Mencho

La noticia sacudió al continente como suelen hacerlo los episodios que mezclan narcotráfico, poder y geopolítica: la muerte del llamado “Mencho”, uno de los capos más influyentes del crimen organizado en la región. Más allá del morbo mediático o de la satisfacción inmediata que pueda generar la caída de un símbolo del narcotráfico, conviene detenerse un momento y formular la pregunta que de verdad importa: ¿qué significa esto para Ecuador?

Porque cuando cae una figura de ese calibre, el crimen organizado no desaparece; simplemente se reacomoda. Sus estructuras no se evaporan, se fragmentan. Y en esa dinámica de reorganización, los territorios estratégicos se vuelven aún más apetecibles. Nuestro país, lamentablemente, ha dejado de ser un simple punto de tránsito para convertirse en escenario operativo, y esa consecuencia no ocurrió por generación espontánea.

Aquí es donde la memoria institucional debería activarse sin complejos. Durante años se tomaron decisiones que, bajo el discurso de soberanía y apertura a los “hermanos bolivarianos”, terminaron debilitando mecanismos básicos de control. El cierre de la Base de Manta fue presentado como un acto de dignidad nacional; sin embargo, más allá de la narrativa ideológica, significó la pérdida de un punto estratégico de cooperación internacional en materia de vigilancia y lucha contra el narcotráfico.

A eso se sumó la llamada “ciudadanía universal”, una figura que en teoría sonaba solidaria y humanista, pero que en la práctica abrió grietas en los controles migratorios en un contexto regional ya tensionado por economías ilícitas y redes criminales transnacionales. Hoy, con la muerte del Mencho, es probable que se reconfiguren alianzas, rutas y liderazgos dentro del crimen organizado.

La experiencia internacional muestra que los vacíos de poder en estas estructuras suelen derivar en disputas internas más violentas. Y esas disputas no siempre se quedan en el país de origen: buscan nuevos corredores, nuevos puertos y nuevas plataformas logísticas. No es casual que en los últimos años hayamos visto un incremento sostenido de violencia vinculada al narcotráfico: motines carcelarios, asesinatos selectivos y disputas entre bandas locales con conexiones internacionales.

Pensar que todo esto es un fenómeno aislado sería cómodo, pero incorrecto. Las decisiones del pasado tienen efectos acumulativos y, cuando se desmontan mecanismos de cooperación o se relajan controles sin fortalecer alternativas sólidas, las consecuencias no tardan en manifestarse, como sucedió posterior a la salida del correísmo del poder.

Responsabilizar políticamente a quienes impulsaron esas políticas no es un acto de revancha, sino de análisis histórico. La seguridad no se resuelve mirando por el retrovisor; se gestiona con acciones actuales y coherentes. Pero entender el origen de la fragilidad es indispensable para no repetirla.

La muerte de un capo puede ser simbólica, incluso celebrada por quienes han sufrido los estragos del crimen organizado. Sin embargo, la verdadera victoria no es la caída de un nombre propio, sino la construcción de un Estado capaz de anticiparse y contener.

Ecuador necesita fortalecer su cooperación internacional, revisar sus políticas migratorias con enfoque técnico y no ideológico, invertir en inteligencia y blindar sus instituciones. Necesita, sobre todo, asumir que el narcotráfico es un fenómeno transnacional que no se combate con consignas, sino con estrategia sostenida.

La muerte del Mencho no es el fin de una historia; es el inicio de una nueva etapa en la dinámica criminal del continente. Más allá del titular impactante y del eco mediático, conviene mirar con serenidad y firmeza lo que se viene. Lo que está realmente en juego no es una narrativa política, sino la estabilidad nacional tras “La muerte del Mencho”.

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