Me lo preguntaba una noche, fisiológicamente obligado a la vigilia, consecuencia de la inesperada falta de algún estimulante, porque la dopamina de contenido vertical, esa industrialización de la opinión polarizante, la emoción fácil y los gritos al cielo, ya no cumplen mis desbalanceados estándares.
El hedonismo, la lujuria y el placer inmediato: la nueva pandemia, cargada de dulces variantes.
No estamos cayendo. Nos estamos ablandando. Esa es la tragedia. Hoy la sociedad muere en los excesos, pero con elegancia. Drogas, todas. Las legales, las prescritas, las aprobadas por la costumbre: azúcar, alcohol.
Sartre decía que el hombre está condenado a ser libre. Condenado. Porque no puede escapar de su responsabilidad. Incluso la cobardía es una elección.
Pero ¿somos libres si elegimos lo que nos destruye?
¿O llamamos libertad a la incapacidad de resistir?
La relación entre el placer inmediato y el desorden es directa, fuerte, simbiótica. Primero es hábito. Luego, necesidad. Después, identidad. Ya no elegimos el placer: lo defendemos. Desorden igual caos, igual muerte. Placer instantáneo, la vía más práctica al suicidio. El placer es hoy solo dolor diferido.
“El hombre no muere, se mata”, decía Séneca. Perece cuando prefiere la comodidad a la grandeza. Cuando cambia profundidad natural por estímulo rápido y artificial.
Camus escribió que el único problema filosófico serio es el suicidio. Sísifo empuja la piedra sabiendo que volverá a caer. La diferencia no está en la roca, sino en la conciencia. El absurdo no lo mata; lo obliga a decidir.
Nosotros también sabemos.
La salida del hoyo no está en prohibir el placer. Está en soportar el vacío sin anestesia. En tolerar la incomodidad y el silencio propio. En recordar que la voluntad se entrena o se atrofia. Porque sabemos perfectamente lo que debemos hacer. Siempre lo sabemos.
Sé libre, total: ya estás condenado.
