La impecable extracción de Maduro fue un rotundo éxito militar, no así político. Faltó “neutralizar” a Cabello y Padrino para encauzar una nueva estructura castrense al mando de González y Machado. El continuo bloqueo naval a Venezuela debilitaría aún más al régimen y posibilitaría una capitulación cubana por falta de crudo. Decisión Trump.
El poderío militar estadounidense tiene un rango de acción superlativo, limitado políticamente solo por su Estado de derecho. Trump impuso su tesis -cualquiera que haya sido- en Venezuela; Irán, ídem, pero sin concluyentes hechos consumados, reduciendo cada vez más su discrecionalidad bélica. El expansionismo sobre Groenlandia, su objetivo mayor, perdió efectividad en línea de progresión al no consumarse la transformación política en Caracas. El estancamiento del tema Ucrania y el cese al fuego -que no es paz- en Gaza se muestran insustentables en el largo plazo.
El egocentrismo de Trump lucha contra los efectos de su edad en su atardecer en la Casa Blanca. Su visión -burdamente osada, no convencional y nada diplomática- volvió la política exterior en un business -indistintamente- personal, corporativo y de Estado. Su rendición de cuentas en los mid-terms, salvo que para entonces consiga una sustancial reducción en el precio de la gasolina, descontaría sustento político a sus dos últimos años de mandato. La política exterior, tradicionalmente una válvula de escape cuando la agenda doméstica no marcha del todo bien, mantiene a los EE. UU. como el guardián del mundo; Trump, el policía.

Buen análisis