Detrás de la propaganda, la estética épica y el consumo viral del trumpismo, emerge un ejercicio del poder cada vez más personalista, guiado más por afinidades que por principios históricos de la política de Estados Unidos.
En política exterior, Trump impulsa la Madman Theory, también conocida como teoría del loco: proyectar imprevisibilidad para intimidar adversarios. Nixon la utilizó durante la Guerra de Vietnam. Trump la adopta como método. Los estudios muestran que suele fallar: los rivales dudan, no ceden o desconfían de la continuidad de los acuerdos.
¿Es fascista?
No en el sentido clásico europeo. No hay partido único ni proyecto totalitario. Su forma de gobernar, sin embargo, presenta rasgos autoritarios contemporáneos: concentración de decisiones, debilitamiento de los contrapesos institucionales y normalización de la coerción.
Trump admira a los líderes fuertes, a los ricos y a quienes lo adulan. Bajo ese sistema de valores, los intereses tradicionales de Estados Unidos quedan relegados. Intentó forzar un Nobel de la Paz, impulsa alianzas paralelas y privilegia vínculos con líderes autoritarios. El poder aparece como fin, no como medio.
ICE: ¿la nueva Gestapo?
Dos ciudadanos estadounidenses murieron a manos de la policía migratoria. El propio Trump admitió que “el ICE cometerá errores a veces”. En lo que va del año, la agencia detuvo a unos 3.800 menores. Entre ellos, Liam Conejo Ramos, un niño ecuatoriano de cinco años interceptado cuando regresaba del colegio.
Las comparaciones históricas son exageradas, advierten especialistas. No hay exterminio ni persecución política sistemática. Aun así, el uso del miedo como herramienta estatal -con operativos a cargo de agentes enmascarados y uso recurrente de la fuerza- genera alarma.
Mientras tanto, en TikTok circula una versión épica del trumpismo. La estética tapa los hechos.
No se trata de locura clínica ni de fascismo clásico, sino de un poder sin límites claros, donde la imprevisibilidad dejó de ser táctica y se convirtió en forma de gobierno.
