¿Síntoma de empoderamiento criminal o evidencia de un narcoestado?
Ecuador ha sido sacudido por una narrativa que combina morbo, alarma social y profundas interrogantes políticas, como por ejemplo la creciente visibilidad de mujeres vinculadas a estructuras del crimen organizado; figuras femeninas que son asociadas al narcotráfico, lavado de activos, redes de corrupción y a la violencia carcelaria que han ocupado titulares, redes sociales y conversaciones cotidianas. Este fenómeno, lejos de ser anecdótico nos obliga a una reflexión mucho más profunda: ¿estamos frente a casos aislados o ante señales claras de la consolidación de un narcoestado?
Tradicionalmente, la mafia y el narcotráfico han sido representados como espacios predominantemente masculinos, sin embargo, la realidad ecuatoriana demuestra que las mujeres no sólo han ingresado a estas estructuras, sino que en muchas casos ocupan roles estratégicos como el de administradoras de recursos ilícitos, enlaces políticos, operadoras logísticas, líderes de bandas e incluso símbolos de poder y ostentación; esta presencia femenina no debe confundirse con un avance en igualdad de género, pues se trata más bien de la adaptación del crimen organizado a nuevas dinámicas sociales, en donde el género deja de ser una barrera y se convierte en una herramienta.
El problema en sí no radica en que existan mujeres criminales (la criminalidad no distingue sexo), sino en lo que su visibilidad revela sobre el debilitamiento del Estado; cuando estas figuras actúan con aparente impunidad, exhiben poder económico, desafían abiertamente a la autoridad o incluso logran vínculos con actores políticos y empresariales, el mensaje queda claro ¨el control territorial, institucional y simbólico el Estado está en disputa¨ y nace la duda de que si estamos frente o no a la existencia de un narcoestado.
Un narcoestado no se define únicamente por la producción o tránsito de drogas, también tiene que ver la infiltración sistemática del narcotráfico en las instituciones públicas, en la justicia, en la política y en la economía legal; Ecuador, por su ubicación geográfica estratégica, su sistema portuario y sus históricas debilidades institucionales, se ha convertido en un corredor clave del narcotráfico internacional; la aparición de mujeres vinculadas a estas redes no es una moda mediática, sino un síntoma de profesionalización y diversificación del crimen organizado.
Además, la romantización de estas figuras femeninas en ciertos espacios digitales agrava el problema, se construye una narrativa peligrosa en donde la violencia, el dinero ilícito y el poder criminal se presentan como sinónimo de éxito, resiliencia y empoderamiento; este discurso a más de distorsionar la realidad, también normaliza el delito y erosiona la ética social, especialmente entre los jóvenes que crecen en contextos marcados por la desigualdad, la falta de oportunidades y la desconfianza en el Estado.
Hablar de las ¨muñecas de la mafia¨ no debe desviar la atención del problema central, el debate no es de género, sino de poder, pues estas mujeres evidencian que el crimen organizado ha penetrado profundamente en la estructura social ecuatoriana; si el Estado no recupera el control, no se fortalecen las instituciones y si es que no se combate la corrupción con decisión real, la pregunta sobre si Ecuador es o no un narcoestado, dejará de ser una provocación académica para convertirse en una dolorosa certeza.
La verdadera amenaza no es que existan mujeres en la mafia, sino que la mafia (con rostro masculino o femenino) siga ocupando el lugar que le corresponde al estado y cuando eso ocurre mis queridos lectores, toda la sociedad sin distinción alguna, paga el precio.

Una triste verdad
Excelente artículo, mejor no pudo ser explicado, felicitaciones a la articulista.