Escuchar con atención a otros suele ser una de las mejores maneras de comprender cómo cada persona va construyendo su propia realidad. En mi trabajo, al escuchar las historias de mis clientes, me doy cuenta de algo que se repite con frecuencia: muchas personas no son conscientes de que están creando su vida a través del lenguaje que utilizan.
Las palabras no son inocentes. Cuando alguien se dice a sí mismo y a los demás “esto es un desastre”, “todo está difícil” o “nunca me sale nada bien”, suele quedar atrapado en un bucle que refuerza exactamente esa experiencia. El lenguaje no solo describe lo que vivimos; muchas veces lo condiciona y lo amplifica.
Recuerdo una conversación con un amigo que me llamó muy angustiado porque había perdido su documento de identificación. Desde el primer momento, su relato estaba cargado de frases como: “Aquí en Estados Unidos todo está demasiado difícil”, “no consigo trabajo”, “para colmo se me perdió la licencia”, “esto es una desgracia”. Su preocupación era comprensible, ya que trabajaba como conductor y sentía que no podría seguir haciéndolo hasta resolver la situación.
Lo escuché con atención y luego le pedí algo simple: que se detuviera un momento y respirara. Le dije que, desde ese estado de angustia, difícilmente podría ver una salida distinta a la que ya estaba imaginando. Le propuse relajarse y observar la situación desde otra perspectiva. Mientras seguíamos conversando, le sugerí que revisara nuevamente su cartera, todos los compartimientos, y también el interior del auto. Minutos después, con sorpresa, me dijo: el documento estaba en su cartera.
Más allá del desenlace, lo importante no fue solo que apareciera la licencia, sino el cambio de estado interno que permitió que eso ocurriera. Cuando bajó la ansiedad y salió del relato de la desgracia, pudo ver con más claridad.
Muchos autores han escrito sobre la importancia del lenguaje en la construcción de la experiencia humana. Ser conscientes de cómo hablamos —y de cómo nos hablamos— es el primer paso para salir de círculos repetitivos que no nos conducen a nada nuevo. Cambiar el lenguaje no niega la realidad, pero sí abre la posibilidad de vivirla desde un lugar más lúcido y creativo.
Tal vez no podamos controlar todo lo que nos sucede, pero sí podemos empezar a prestar atención a las palabras desde las cuales estamos creando nuestra vida.
