Desde hace poco tiempo formo parte de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE), donde me desempeño en la coordinación de las carreras de grado y posgrado en la modalidad en línea. Parte de mi labor consiste en acompañar a mis colegas docentes en sus clases virtuales, con el fin de potenciar una experiencia de aprendizaje interactiva y flexible que ofrezca diversas rutas para la construcción del conocimiento. Todo esto, bajo los pilares de la excelencia académica y un profundo sentido de humanidad y cercanía. En una de estas sesiones, apareció detrás de la pantalla una docente que compartió una sencilla —pero poderosa y conmovedora— experiencia de vida, la cual hoy trato de relatar y compartir con ustedes.
Se encontraba allí, apostada en la angosta acera, encajada en su silla de ruedas eléctrica. En la PUCE, muchos de sus estudiantes la llamaban con cariño “Loli”; para el resto, que no la conocía por su labor docente, era una figura reconocible: alguien que recorría asiduamente la universidad y que era una más de esas presencias singulares que daban color y carácter al paisaje cotidiano del campus.
Ajena a todo lo demás, ensayaba bocetos de lo que tenía enfrente —una de las fachadas del Centro Cultural—, intentando atrapar en el papel las líneas, los volúmenes, los ángulos y las sombras. En el fondo, la estética quizá sea una traducción tenue —pero bella— de lo que se tiene, de lo que se ha tenido o de lo que se desea tener en el futuro. El filósofo Richard Rorty probablemente tenía razón cuando decía que el mundo nos habla en distintos lenguajes y que, con él, también lo hacen las cosas (Rorty, 1997). En el caso de Loli, las paredes, las puertas, las ventanas y todo lo demás se expresaban a través de un dibujo preciso y silencioso. Esa fachada no era solo el telón rutinario por donde desfilaban peatones: era un rostro que le hablaba. Un rostro que la miraba de frente, dispuesto a ser descifrado. Y mientras tanto, la vida del campus seguía escribiéndose sola, a su alrededor, con su ruido y sus prisas. En aquel escaso metro cuadrado de acera que ella había elegido, como quien escoge tercamente una página para escribir aquello que los demás habían dejado de ver.
No sé cuánto tiempo llevaba concentrada en las perspectivas del edificio. Lo que sí se veía era a la gente pasar a su lado y desvanecerse. Los minutos se iban yendo y, con ellos, también las personas: algunas presurosas por no llegar tarde a una clase magistral; otras con la mirada hundida en la pantalla del celular o extraviada en sus propios pensamientos. Y ella, entre todos, ocupando un espacio mínimo desde su silla de ruedas, fija como un punto.
Loli no era un obstáculo —o, si lo era, los andantes ya se habían acostumbrado a bordearla sin decir nada, sin rozarla siquiera—. Para no pocos, en esos momentos, también era parte del paisaje de la universidad. Y entonces ocurrió.
No hubo aviso. De pronto, sintió un peso caer sobre su espalda. Un golpe seco la arrancó del dibujo y le arrebató el aliento por un segundo. Sus primeras explicaciones fueron tan absurdas como exactas: una rama desprendida que, entre cientos de trayectorias posibles, había elegido caer precisamente sobre ella. O tal vez era un objeto lanzado desde alguna ventana, producto de una travesura de algún universitario aún adolescente, que con puntería involuntaria había dado con su cuerpo. Pero aquello no era una cosa, sino alguien. Su siguiente reacción, tan equivocada como la primera, fue imaginar a un transeúnte torpe y distraído que había invadido su espacio.
Se repuso casi de inmediato y giró cuanto se lo permitían la silla y el desconcierto. Y lo vio. Efectivamente, era un muchacho, habitado más por la vergüenza que por el miedo, que trataba de recuperar a la vez el equilibrio perdido y la dignidad que apenas le quedaba.
Un poco molesta, supuso que él se había distraído, como tantos otros estudiantes —y docentes—, por tener los ojos pegados al celular, los oídos en los audífonos o la mente en sus propios pensamientos. Pensó, para sí, que era “un tropezón más”. Pero cuando estaba a punto de pronunciar sus primeras palabras de reclamo, sus ojos repararon en un detalle que lo cambió todo: un bastón blanco de aluminio, más largo de lo habitual, extendido y flexible; uno de esos que usan quienes no pueden ver el mundo, o lo ven a costa de tropiezos, como le ocurrió a ella en ese instante.
Era un estudiante de la universidad que balbuceaba una disculpa —más nervioso él que ella— y explicaba que iba tanteando con el bastón el bordillo de la acera, como hacía siempre, como había aprendido en la escuela para personas no videntes, para no perder el camino. Dijo: “Fue un accidente”. Y pidió disculpas por “no haberla visto” o, mejor dicho, porque su bastón, en este caso, no le advirtió de su presencia.
Ella lo escuchaba y, mientras él hablaba, algo hizo clic en su mente. Las palabras del joven —“tantear”, “bordillo”, “no perder el camino”— resonaron de una manera extraña, casi familiar. Entonces comprendió que él también dibujaba. No con lápiz sobre papel blanco, atrapando líneas, ángulos y sombras, sino con pequeños golpecitos que brotaban al compás variable de los surcos, las hendiduras y los obstáculos del camino. Ella dibujaba fachadas a plena luz; él dibujaba el trayecto. Ella tenía delante algo estable, que siempre estaría ahí; él debía trazar, cada vez que salía a caminar, un camino nuevo, distinto cada día. Ninguno había previsto encontrarse en un punto indeterminado de la ruta: ella, inmóvil en su silla de ruedas, de espaldas, sin forma de advertirle con su voz que estaba allí; él, avanzando en la misma trayectoria, confiando en el tacto paciente de su bastón.
Lo que pudo quedar en un simple malentendido de acera compartida se convirtió en algo más hondo. Se disculparon ambos, como si fueran al mismo tiempo víctimas y responsables de algo imposible de evitar. Afuera, en la calle, pocos lo notaron; pero dentro de cada uno se liberó una energía silenciosa, suficiente para sostenerse, para resistir, para no caer.
Lejos de la magia de los cuentos, lo que ocurrió en ese metro cuadrado de cemento fue un acto de reconocimiento puro. En ese breve intercambio de sustos y disculpas, se reconocieron como iguales. Se miraron —cada uno a su manera— y comprendieron que ambos estaban haciendo lo mismo: inventar un camino donde otros solo ven obstáculos. Ella, desde su silla fija, mirando al frente; él, con el bastón pegado al suelo. Unidos por la misma voluntad de no rendirse. Ella, capaz de ver el mundo sin caminarlo; él, capaz de caminar el mundo sin verlo.

Lindo artículo Ricardo.
Cosas que suceden en la vida y no nos percatamos.