¿Soberanía o ficción? Venezuela y la madrugada que sacudió las certezas
El 3 de enero de 2026 amaneció distinto. Era el primer fin de semana del año, en pleno feriado, cuando la realidad —esa que muchas veces creemos inmune a lo imposible— decidió romper el molde. Estados Unidos había ingresado a territorio venezolano. Y con ello, la noticia que durante años fue susurro, deseo reprimido o fantasía política comenzó a circular con la fuerza de una detonación: la caída de Nicolás Maduro.
Eran cerca de las cuatro de la mañana. Me desperté, como ocurre tantas veces, no por una alarma ni por urgencias mayores, sino por la rutina doméstica: las mascotas, el murmullo del hogar. Mi pareja, ya despierta, sostenía el teléfono con una mezcla de incredulidad y vértigo. “Capturaron a Maduro”, dijo. Bastó esa frase para que el sueño se evaporara por completo. Minutos después, las redes sociales confirmaban lo evidente: el mundo estaba discutiendo, otra vez, sobre Venezuela.
X (antes Twitter) se convirtió en una plaza pública en ebullición. Opiniones a favor, condenas enérgicas, celebraciones silenciosas, indignaciones ruidosas. Durante días —semanas— los medios tradicionales, digitales, radiales y televisivos repitieron una consigna casi automática: “atentado contra la soberanía venezolana”. Y fue precisamente ahí donde surgió una pregunta incómoda, de esas que no buscan aplausos sino reflexión:
¿Era Venezuela, en los hechos, un Estado soberano?
Aclaro desde ya: esta es una opinión personal. Y como toda opinión honesta, asume su responsabilidad.
Para responder, es necesario detenerse en el concepto que tanto se invocó como escudo retórico: soberanía. Tradicionalmente entendida como la capacidad de un Estado para gobernarse a sí mismo sin injerencias externas, la soberanía moderna exige algo más que independencia formal. Exige legitimidad. Exige Estado de derecho. Exige respeto a la voluntad popular, a los derechos humanos, a la separación de poderes.
Desde esta perspectiva, la pregunta se vuelve incómoda, pero inevitable:
1) ¿Puede llamarse soberano un país que no respeta elecciones libres?
2) ¿Puede invocar soberanía un régimen que no es reconocido por la inmensa mayoría de su propio pueblo?
3) ¿Puede existir soberanía donde no hay justicia independiente ni garantías mínimas de derechos?
La respuesta, al menos desde mi punto de vista, es clara: no.
La soberanía no es un eslogan, ni una palabra útil para blindar abusos. No es una excusa para perpetuar el poder. La soberanía implica responsabilidad histórica, ética y política. Y cuando un régimen traiciona sistemáticamente esos principios, lo que queda no es soberanía, sino su simulacro.
Los ejemplos sobran. Son públicos, notorios y dolorosamente repetidos. Mientras millones de venezolanos padecían hambre, migraban forzosamente o buscaban comida en la basura para alimentar a sus hijos, el jefe del Estado cenaba en restaurantes de lujo como el célebre local de Salt Bae en Estambul. El contraste no fue solo obsceno; fue simbólico. El socialismo declamado desde el discurso oficial se diluía entre cortes de carne bañados en oro. Ironía pura. Cinismo en estado líquido.
Entonces surge otra pregunta, quizá aún más incómoda:
¿Qué habría pasado si Estados Unidos no intervenía?
La respuesta es brutal en su simpleza: nada. Absolutamente nada.
Venezuela habría seguido siendo lo que era. Y tal vez lo más inquietante es que el mundo ya se había acostumbrado a ello. La tragedia venezolana se volvió paisaje. Una noticia más. Un escándalo más. Una denuncia más sin consecuencias. Porque cuando el horror se vuelve cotidiano, deja de escandalizar.
Pero esta respuesta no me corresponde a mí. La respuesta real la tiene el venezolano que huyó dejando atrás su casa, su familia, su historia. La tiene quien se quedó, resistiendo lo indecible, buscando comida donde no la hay, sobreviviendo por sus hijos. Ellos —y solo ellos— pueden responder qué habría pasado sin intervención externa.
¿Violación a la soberanía? Hable de soberanía con quien cruzó fronteras caminando.
Explíquela a las familias que, al día de hoy continúan pidiendo caridad en las calles de América Latina. Dígales que Estados Unidos hizo mal. Y escuche su respuesta.
Las dictaduras no caen con leyes. El derecho no puede combatir a quien no reconoce la Constitución. La voluntad popular es irrelevante cuando el poder se impone por la fuerza. Entonces, desde una lógica cruda pero realista, queda una sola pregunta: ¿qué alternativa existe cuando todo lo demás ha fallado?
La fuerza. Incómoda. Polémica. Pero históricamente efectiva.
Tal vez nuevos vientos comiencen a soplar para Venezuela. Ojalá. Porque en otro universo —uno menos trágico y más justo— Venezuela sería una potencia mundial. Con las mayores reservas petroleras del planeta, por encima incluso de Arabia Saudita o Qatar. Un diamante en bruto que, por una administración nefasta, ideológica y corrupta, fue reducido a escombros.
La historia deja una lección incómoda: incluso el país más rico puede convertirse en ruinas cuando el poder se ejerce sin límites, sin ética y sin pueblo. Y tal vez, solo tal vez, esa madrugada de enero nos obligue a replantearnos qué significa realmente soberanía… y para quién existe.
