El país quiere superar sus problemas estructurales, pero se resiste al cambio. El primer boom petrolero (1972): despegue económico y una gran crisis sustentados por el Estado. El segundo (2007–2015): desenfreno del gasto, corrupción y endeudamiento. ¿Cabría mantener al Estado como eje del desarrollo?
Correa, Moreno y Lasso menospreciaron al electorado con sus obsesiones personales, convicciones doctrinarias, impulsos corporativos o necesidades tributarias. Noboa, ídem. Un estallido social estaría latente porque el liderazgo político le falla a su sociedad. ¿Estaríamos desembocando en una tercera vía?
La agresiva explotación racional de los recursos naturales con rígidos estándares ambientales debería ser el motor para honrar las deudas. Para derrotar a la corrupción, los gobiernos deberían ejercer menos influencia y control sobre los agentes económicos. ¿Habría siquiera una estatal con asepsia administrativa? La soberanía vive en el estómago de la gente, no en el absolutista parecer del radicalismo de izquierda con el populista pregón que los recursos estratégicos son del pueblo y no deben explotarse para preservar el medio ambiente. ¡Absurdo!
Pensar que recomponer todo esto es factible, ayudaría, pero debemos creerlo y convencernos de poder lograrlo. La superación requerirá asumir otros compromisos, responder con mayores sacrificios y demandar “recia contextura nacional”. El fracaso se consumaría si no asumiéramos el reto. El Ecuador posible no está cercano, pero a nuestro alcance, bastaría que nos lo propusiéramos.
