Existe una curiosa especie judicial que sistemáticamente se reproduce como conejos, copando espacios más rápido que los musulmanes en París y hacen un alarde obsceno de sus pillerías y su lujoso estilo de vida.
Se trata -ya usted lo adivinó- de algunos jueces y fiscales todoterreno, no porque sepan mucho de derecho, sino porque se adaptan a cualquier camino de quinto orden, especialmente si se lo han pavimentado con billetes de a cien.
El dicho que la justicia es ciega nunca ha tenido tanto significado. Antes era un elogio, ahora es una horrible verdad; José Feliciano leyendo un expediente y resolviendo por presiones y llamadas telefónicas de sus superiores. Esta justicia padece de miopía selectiva pues ve perfectamente los maletines y arrasa con las pruebas.
Al juez pillo se lo detecta fácil: habla con solemnidad clerical, como si recitara la Constitución, mientras calcula si el Código Penal pesa más que la coima que acaba de aterrizar bajo la mesa. Su frase favorita: “Se procederá en derecho, caiga quien caiga”… traducción libre del latín jurídico: De cuánto estamos hablando? pues vea usted, es un tema mediático y tengo a los que mandan encima mío, palabras más, palabras menos.
El fiscal, por su parte, es un mago de la amnesia selectiva. Puede recordar con precisión quirúrgica la multa de tránsito de tu abuelo en 1983 y reactivar el caso mientras más de 100 juicios contra la muy conocida banda delincuencial se extravían misteriosamente.
La audiencia de juicio por robo de las medicinas se ha pospuesto 74 veces por lo que no es absurdo pensar que el maletín ha hecho magia en todos estos alargues.
Quienes comandan la justicia son «Cara de tuco» expresión ecuatoriana para referirse a una persona, caradura, descarada, que no siente vergüenza al justificar actos incorrectos, mostrando una actitud de desfachatez o descaro.
Ambos cumplen su rol como una orquesta bien afinada por monedas; el uno acusa con ternura buscando atenuantes mientras el otro sentencia con cariño y así todos felices, menos la justicia que sigue en cuidados intensivos esperando que alguien le lleve flores al hospital de la moral.
El diagnóstico es público e inevitable: la justicia morirá en 2026, y ningún seguro cubrirá semejante tragedia.
Ahora bien, ¿quiénes son los culpables? ¿El presidente de la Corte Nacional? ¿Participación Ciudadana? ¿El Consejo de la Judicatura? Quiénes sino ellos que postulan dóciles incondicionales, aceptan ignorantes, posesionan tontos y luego los favorecidos ejecutan. Todos tienen la cara más dura que la de Rumiñahui (Cara de Piedra) pues pretenden seguir manipulando influencias, aferrándose a un cargo que desnudó sus más aberrantes talentos para perfeccionar el arte de la marioneta judicial.
Los periodistas han señalado sus nombres y apellidos, confiemos que nadie les haya deseado un año nuevo lleno de realizaciones… porque sería terrible que se les cumpla.
