Cerramos 2025 y comenzamos un nuevo año, el 2026. El tiempo, maravilloso regalo divino, transcurre sin detenerse jamás, no perdona en esa función, confirma que nadie es eterno, salvo su creador. El género humano, hombre y mujer, a través del transcurso del tiempo hace mediciones. Cada 12 meses no son pocas las calificaciones sobre el año: malo, bueno, rápido, lento, difícil. Inclusive, representado en un monigote, lo quema, abrigando mejoras, formulando augurios, señalando metas.
Es el ser humano, lo más grande e importante de la creación, el que está en condiciones, por su inteligencia superior, a discernir en torno al tiempo. Así nos los recuerda el papa Juan Pablo II quien exhorta a ocuparlo haciendo que hombres y mujeres no pierdan jamás su identidad, alimenten la comunidad positiva, aprovechen la oportunidad real, por medio del matrimonio, de vivir la espiritualidad y la sexualidad, “porque los cuerpos están orientados” a hacer visible el amor verdadero y lo divino. Un nuevo año, entonces, es ocasión para formularse propósitos que apunten a consolidar la “ideología del amor” y con ella la construcción de una vida más saludable entre todas las personas y en todos sus quehaceres.
Debe valorarse cada día más y más la existencia del hombre y de la mujer, como género humano único sobre la tierra. No debe desvirtuarse esa realidad y hacerle daño como fue, por ejemplo, la presentación, con autorización del municipio de Quito, en una capilla desacralizada, pero con profunda esencia cristiana, de una obra teatral ‘drag’ (extravagancias, roles masculinos y femeninos cambiados, personajes andróginos), en la que destacaron desnudos, expresiones pornográficas y una grotesca imitación de la virgen María. Eso destruye, no contribuye en nada a los objetivos de una sociedad más justa, con mayor bienestar, más próspera.
Los ecuatorianos terminan un 2025 en medio de incertidumbres, de un panorama desalentador que, sin embargo, puede y merece cambiar. Mucho tienen que ver en ello los poderes públicos, pero la participación e involucramiento de los ciudadanos, hombres y mujeres, en la tarea de lograrlo es imprescindible. Los pueblos que cumplen sus deberes y ejercitan sus derechos, allanan el camino al éxito. Un pueblo unido, consciente de su humanidad y prestigio es invencible. ¡Feliz 2026!
