Celebrar la Navidad, el nacimiento de Jesús, realmente es trascendente. No solamente lo es para los cristianos. Debe serlo, con seguridad, para los no creyentes, los que ni afirman ni niegan la existencia de Dios, los que profesan otras religiones, los indiferentes. Pues, Jesús fue hombre de carne y hueso, que, en su muy corta vida pública y humana, dejó positivas e inolvidables lecciones de atención, entrega y servicio total al prójimo, por lo cual, aún transcurridos más de dos milenios de su muerte, sigue siendo un gran modelo a emular. Y lo será por siempre.
En el marco de este festejo resalta -independientemente de sus milagros-, la relación que Jesús tiene con la gente, de la importancia que él otorga, no a ninguna ‘identidad de género’, sino al único género humano, hombre y mujer, como lo más grande de todo lo existente sobre la tierra. Su madre María fue su maestra durante la infancia y juventud y luego discípula fiel, 12 hombres lo ayudaron directamente en su trabajo, conversó y pidió agua a una samaritana, impidió que lapidaran a una mujer adúltera (el que esté libre de pecado…), ayudó en la salud de la hija de una cananea, recibió el bautismo de manos de Juan el Bautista, predicó para todos sobre el amor y la justicia, se sometió al poder imperante (al César lo que es del César…), aceptó el juzgamiento de Poncio Pilato, en su crucifixión hizo una promesa a uno de los ladrones que lo escoltaban, se dirigió a sus verdugos pidiendo perdón porque no sabían lo que hacían, pidió cuidar a su madre.
Jesús nació para vivir una íntima relación con el ser humano. Lo valora, lo respeta, le rinde pleitesía. Alrededor del tema el papa Juan Pablo II, basado en la creación divina, desarrolló una nutrida catequesis sobre “La teología del cuerpo”, orientada según especialistas a sentar “una nueva antropología, un nuevo modo para que el hombre se conozca a sí mismo”. Y en la línea, hace poco, en tiempo de adviento, la parroquia Santa Teresita de Samborondón presentó una magistral conferencia: “Hechos para más”, ofrecida por el teólogo norteamericano Christopher West. Él identificó al ser humano como “indispensable, irremplazable e irrepetible”, lo unificó como es, cuerpo y alma, aclaró que no es cosa sino alguien. “El cuerpo humano es la belleza perfecta”, dijo al tiempo de lamentar, sin embargo, una agresiva campaña por parte de “una cultura pornográfica” para desvirtuarlo. Exhortó a ver y a no mirar, estableciendo la diferencia que lo primero significa reconocimiento, interés verdadero y humanidad, mientras lo segundo es placer puro, distancia y frialdad.
Celebrar el nacimiento de Jesús nos da la oportunidad, tal diría West, de “redimirnos, reordenarnos y amarnos” de verdad, sabiendo que el “cuerpo no es solamente biológico, sino también teológico”. ¡Feliz Navidad!”.
