10 febrero, 2026

Cambiar o cambiar (la solución)

La aseveración disgusta a muchos; otros íntimamente la aceptan y coinciden con ella, pero públicamente la condenan, y también están los que, como este comentarista, pública y privadamente la admiten como correcta: “el problema del Ecuador, somos los ecuatorianos”. De una u otra forma lo han dicho los ex presidentes Carlos Julio Arosemena, Osvaldo Hurtado, Lucio Gutiérrez, Lenin Moreno y otros.

Hace 190 años el primer presidente ecuatoriano, Vicente Rocafuerte, quien había retornado al país tras una larga ausencia ilusionado de poder hacer del Ecuador una nación igual o, por lo menos, parecida a los Estados Unidos u otras de Europa que él había conocido -y de las que había aprendido mucho-, terminó desilusionado y decía espantado que “el Ecuador está en el grado cero de la civilización y lo peor es que, sus habitantes henchidos de orgullo y de ignorancia se creen los primeros sabios del mundo”; que como el resto de hispanoamericanos “no está dispuesto a privarse de sus placeres y ganancias personales por el bienestar nacional” y que el trabajo gubernamental debía rayar “en benéfico despotismo” como “único modo de fijar la tranquilidad pública, y de sacar a este país de la postración en que se halla, para ponerlo en el sendero de la civilización”.

Todos esos expresidentes, este comentarista y los coincidentes con el aserto de que “el problema del Ecuador, somos los ecuatorianos”, sin embargo, tenían, tienen y tenemos la certeza de que esa historia es susceptible de cambio, tanto que la expresión no solamente que puede, sino que debe ser distinta: “la grandeza del Ecuador, somos los ecuatorianos”. Lo atávico en el comportamiento de la población, relacionado con los excesos del festejo o de la tristeza, el desinterés por una buena educación, la impuntualidad como lo normal, el quemeimportismo frente a la corrupción (¡no importa que robe, pero que haga!), la aplicación recurrente de la viveza criolla, la desvaloración del empoderamiento y el sentido de pertenencia, son solo unos ejemplos de lo que es urgente e imprescindible cambiar si se quiere vivir en un país mejor, con bienestar y en constante progreso.

La trascendencia de ciudadanizarse (asumir derechos y cumplir deberes, participar y generar impacto positivo, construir una sociedad más justa, valorizar y ejercer la calidad de ciudadano), es fundamental en este proceso de transformación. Un pueblo ordenado, educado, con principios sólidos, lleva siempre las de ganar.

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