13 marzo, 2026

Se vino nuevamente la derecha

Durante años, en América Latina se repitió como mantra que la derecha estaba acabada, que era una reliquia del pasado, una especie de dinosaurio político condenado a la extinción por el “avance irreversible” del progresismo. Este relato se pretendió introducir orgánicamente desde cátedras universitarias, tribunas internacionales y editoriales bien financiadas.

Sin embargo, la política tiene una mala costumbre: no pedir permiso para desmentir relatos. Hoy, con la reciente victoria de José Antonio Kast en Chile, ese discurso comienza a resquebrajarse con estruendo.

No se trata de una derecha de salón ni de discursos empalagosos, tampoco de una copia burda del conservadurismo europeo. Lo que emerge en la región es una derecha dura en el mensaje, directa en la forma y pragmática en el fondo, nacida más del hartazgo ciudadano que de una estrategia partidista. Una respuesta a una izquierda que, una y otra vez, ha fracasado al momento de presentar resultados concretos a la ciudadanía.

Kast no llega al poder como un accidente, sino como consecuencia de la inseguridad, del desgaste del progresismo, del incumplimiento permanente de promesas maximalistas y de una izquierda que, en muchos países, confundió derechos con permisividad y justicia social con improvisación.

Chile es un caso emblemático. Fue presentado como laboratorio del progresismo regional y terminó siendo el espejo de sus propias contradicciones. Reformas ambiciosas, discursos refundacionales y una sobreideologización del Estado chocaron frontalmente con la vida cotidiana del ciudadano común. El chileno promedio no votó por Kast por nostalgia ni por romanticismo ideológico; votó por orden, por seguridad y por sentido común, tres conceptos que la izquierda latinoamericana subestimó durante demasiado tiempo.

Pero no nos engañemos: lo que ocurre en Chile no es un fenómeno aislado. Argentina ya dio señales claras, Ecuador lo hizo antes, Bolivia también, y otros países empiezan a girar el timón. La derecha avanza no porque haya convencido con grandes teorías, sino porque la izquierda decepcionó en la práctica.

De Argentina a Bolivia, una ola derechista avanza mientras EU recupera influencia en la región.

Gobernar no es declamar grandilocuentemente; es administrar la cosa pública de manera eficiente, en beneficio de todos, con énfasis —como corresponde— en los sectores más necesitados. En esa diferencia, muchos proyectos progresistas naufragaron por ineptitud y corrupción estatal.

Ahora bien, esta nueva derecha tampoco puede caer en la soberbia del “ya ganamos”. Ese fue, precisamente, uno de los errores que hoy se le cobran a la izquierda. La victoria de Kast no es un cheque en blanco ni una licencia para gobernar desde la trinchera ideológica; es un mandato condicionado: resolver problemas reales, no crear enemigos imaginarios. Porque si algo ha demostrado el electorado latinoamericano es que castiga rápido, sin contemplaciones y sin romanticismo.

En América Latina se abre una nueva etapa. No es el fin de la izquierda ni el triunfo eterno de la derecha; es, más bien, un cambio forzado por la realidad. El péndulo político vuelve a moverse, impulsado no por ideologías puras, sino por ciudadanos cansados de promesas incumplidas.

Chile marca hoy un punto de inflexión, y el mensaje es claro para toda la región: cuando el desorden se normaliza, cuando el miedo se trivializa y cuando el Estado se vuelve ineficaz y corrupto, la gente busca alternativas. Algunas gustarán más, otras menos, pero todas responden a una misma raíz: la necesidad de volver a sentir que alguien realmente gobierna.

Por eso, más allá de simpatías o antipatías, conviene asumirlo sin dramatismos ni consignas prefabricadas: se vino nuevamente la derecha.

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