No soy partidario de llamar “hermanos” a los países amigos.
Recordemos que la Real Audiencia de Quito tenía un territorio de un millón 250.000 kilómetros cuadrados. Por el norte, el límite con la actual Colombia eran Cali, Buga y Popayán. Por el este, limitábamos con Brasil; por el sur, con el Amazonas y todos sus afluentes.
Bolívar liberó el norte del Perú con las batallas de Junín y Ayacucho. J. J. de Olmedo le dedicó el poema El canto a Junín.
En un conflicto con Colombia se firmó el Tratado Pedemonte-Mosquera, con el cual el Ecuador perdió territorios del sur de Colombia, que luego Colombia se los entregó al Perú, y perdimos los territorios amazónicos y el río Amazonas.
Con la firma del Protocolo de Río de Janeiro, llamado “Tratado de Paz, Amistad y Límites”, el Ecuador quedó con algo más de 250.000 kilómetros cuadrados de territorio. Uno de los garantes de tal tratado fue Brasil, firmado en el Palacio de Itamaraty, en Río de Janeiro, mientras las tropas peruanas estaban posesionadas de las provincias de Loja y El Oro.
Colombia es el mayor productor de cocaína en el mundo y utiliza nuestras fronteras para enviar cocaína, a través de nuestros puertos marítimos, a los demás países del mundo.
Hace dos años, Brasil dejó de comprarnos banano, camarón y otros productos agrícolas, que, gracias a la visita del presidente Noboa Azín y un abrazo en la capital brasileña, se comprometió nuevamente a comprarnos tales productos.
Los países son amigos solamente y responden a sus propios intereses, y firman acuerdos comerciales que favorecen a ambas partes. La hermandad se perdió con las guerras y con las grandes anexiones territoriales de los triunfadores.
