El rostro de un adulto mayor es la clara mirada de alguien que espera que lo que no puede hacer por sí mismo, alguien le tienda la mano. Cosa, que muchas veces sin ley, sanciones públicas, cuando las hay, no se puede hacer. Ese adulto no se deja aplastar por la vida y en medio de tanta soledad y desatención social su sonrisa y memoria agradecida por el sitio en donde desarrolló su historia es símbolo de la esperanza de la humanidad que lo vivido tiene sentido y valió la pena.
El rostro de un adolescente es difícil tipificar. Son tan variados, de tanta intensidad y actividad, sin embargo, el corazón de un joven o un adulto joven que ve más allá de un cartón cuando acaba una etapa de estudio, que siente la mano amiga de quien le dice seamos compañeros, busquemos trabajos, anhelemos lo que llena el corazón y entre tantas experiencias encuentra amor, amistad, ideales, proyectos y sobre todo son agradecidos con sus padres, madres, con sus abuelos. Esto es un símbolo del puente de humanidad que no hay que perder. Cuando las generaciones se encuentran surge un pueblo, una ciudad saludable que busca que nadie quede aislado del amor, la justicia, la paz y la unidad.
En este segundo domingo de adviento los textos bíblicos nos dan rostros de hombres y mujeres que saben esperar, y la característica de estos hombres y mujeres es la RESILENCIA. Resilencia entendida no como mera resistencia o “alma de acero”, sino como la capacidad de saber adaptarse, manejar y superar las adversidades. Por algo, desde el mundo de la biología nos dicen: la oruga no necesita un milagro ni violencia para volar, sino aprender y respetar el proceso que la hace transformar.
Tanto ayer como hoy las grandes necesidades de los seres humanos y pueblos son la paz, la justicia, la unidad. Esa era la función específica de la autoridad política, El Rey. El profeta Isaías nos relata que eso no se da y la gente no solo es infeliz, sino que no puede “conocer a Dios”. Y eso que se decían hacer todo en nombre de Dios. Isaías en vez de usar solo el pensamiento crítico, interpelador, usa el pensamiento creativo, y crea en poesía el mensaje de los que esperan esa justicia: “brotará un renuevo del tronco de Jesé. Un vástago florecerá de su raíz” (Isaías 11:1-10)
No es suficiente el deseo, y la imaginación se requiere un pensamiento estratégico para concretar acciones que den forma a esa esperanza, ya que la realidad es compleja, incierta y llena de sorpresas. Por ello, San Pablo que vivía la persecución con sus comunidades por confesar a Cristo Jesús, como el Señor recomendaba a sus hermanos que hoy nos contagiaron su esperanza con no perder dos actitudes que son estratégicas para salir adelante y que lo que embote nuestro corazón no sea la preocupación, angustia o egoísmo, sino que aprendiendo al leer las Escrituras sintamos la paciencia y el consuelo de Dios que no abandona a su pueblo. Ya que el Dios que nos contagió Jesús no impone, no interviene abruptamente, sino que acompaña, sale de nuestro interior y por eso es un Dios de consuelo. (Romanos 15: 4-9)
En el evangelio de este domingo (Mateo 3: 1-12) nos presentará como en la otra semana la figura de Juan Bautista, el precursor del Señor Jesús. El rostro del Bautista no es agradable al hombre y mujer light, digital, de la belleza externa, del cuerpo perfecto y del embotamiento del corazón por la tecnología, el dinero y el facilismo. La corteza de Juan el Baustista, áspera, dura simboliza el fracaso de la ternura de Dios cuando irrumpe en nuestra historia con la creación y el paraíso.
La vida de Juan nos da la pauta para repensar la sociedad y buscar profundidad y sostenibilidad a nuestros proyectos de hoy. Dios no está en el templo. Está en el desierto ¿por qué? Porque los expertos de la religión crearon una religión de la ley y sacrificio. No se contagió la experiencia del Dios de Jesús. La vida de Juan nos invita a vivir en profundidad es decir revitalizar lo espiritual en donde surgen esas energías de la vida que por ser resilentes transforman realidades con paciencia y la sabiduría de su ser.
La espera del Reino de Dios el gran anhelo de todo hombre y mujer del Antiguo testamento, Juan la concretiza con su espera activa. El Reino de Dios está cerca, preparen el camino del Señor. Ese Señor es Jesús, la ternura y sorpresa de Dios al mundo que irrumpe en nuestra historia desde una cueva en Belén al nacer, y desde un río del campo de la marginal Galilea.
Por ello, el mensaje de Juan es desde la austeridad se consigue la persona auténtica, desde reorientar los caminos de la injusticia e individualismo la alegría de la vida.
Cantemos con el salmo lo que el creyente puede fomentar como esperanza concreta en este caminar al encuentro de la ternura: Salmo 40: “Tú, Señor, hazme sentir tu cariño, que tu amor y tu verdad me guarden siempre. Porque mis errores recaen sobre mí y no me dejan ver.
Tengamos claro
El Adviento es un «triple viaje». No solo miramos al pasado para recordar el nacimiento de Jesús, ni solo al futuro esperando su retorno final. El verdadero reto está en el presente. En este tema exploraremos el «Triple Adventus»: la memoria agradecida de Belén, la esperanza gozosa de la Parusía (que no es miedo, sino visita real) y, crucialmente, el «rastreo» de las huellas de Dios en nuestro día a día.»
PARA PENSAR
¿Qué ROSTROS DE ESPERA CONOCES EN TU VIDA?
Jóvenes que desean ser ellos mismo en el amor y la justicia. Ancianos que contagian ternura
¿Qué ROSTROS NOS DAN LAS ESCRITURAS ESTE DOMINGO?
El de la esperanza de Isais al usar el pensamiento creativo. El de la serenidad de Pablo al pensar estratégicamente y el pensamiento profundo al buscar a Dios en la soledad y desierto
¿Qué mismo es el Adviento?
El escuchar la triple llamada a la utopia, paciencia y pasión por el Reino.
