Mientras al gobierno se acusa de hacer todo mal, de usar artimañas para ganar popularidad, de violentar disposiciones legales y constitucionales, de actuar fuera de la ética y la moralidad, el acusador se declara independiente políticamente, neutral en sus apreciaciones, practicante real como medio de comunicación social, puro en el ejercicio periodístico y ejemplo para otros que, aun siendo del gremio, supuestamente no hacen lo mismo.
Con seguridad el gobierno -como los del mundo entero- no hace todo bien; es una imposible misión. Se da modos, también, usando métodos tradicionales, nuevos y propios de los avances tecnológicos, para ganar popularidad. Asimismo, actúa al límite legal y hasta lo sobrepasa algunas veces y obligado por las circunstancias. Sin embargo, ¿de verdad, el acusador es independiente, no tiene intereses -aparte de los económicos-, ni sabe qué es el sesgo y ser tendencioso, ni tampoco deja dudas respecto de su condición de medio de comunicación y modelo del periodismo perfecto?
Definitivamente a ningún gobierno, ni del Ecuador ni de la tierra, le gusta que los medios de comunicación fiscalicen su gestión, que hagan públicas sus fallas y denuncien la corrupción si la hubiere. No les gusta que les recuerden sus promesas de campaña electoral y sus incumplimientos. Les desagrada que la línea editorial, aparte de la periodística que da cuenta solo de los hechos que afectan al régimen, sean tan severas. Eso es cierto, pero también lo es que ahora, más que antes, los medios responsables, serios, honestos, cuando deciden alinearse políticamente con una tendencia (izquierda, derecha, centro, etcétera), lo declaran y públicamente lo dejan sentado para que los ciudadanos lo sepan. Y más cierto es aún que existen medios y periodistas expresos, incluidos analistas y activistas, que, pese a declarar que no están ni con uno ni con otro, que sólo son medios libres y hacen periodismo independiente, en la realidad son todo lo contrario y se niegan a aceptarlo, utilizando para ello un léxico abundante y rimbombante.
Los ciudadanos bien saben quién es quién en la materia abordada. Basta de creer que los ciudadanos son tontos y no han descubierto sus verdaderos intereses, que están lejísimos del periodismo real y apartados de su misión de ser aporte al progreso social.
