El Ecuador sigue, después del 4 a 0, con una resaca que ni el más pesimista del gobierno vio venir, porque si algo duele más que perder, es perder cuando creías tener el partido bajo total control.
El NO ganó con claridad, con contundencia y con un mensaje que, aunque muchos intenten maquillarlo, tiene una lectura directa: la ciudadanía no votó contra las propuestas; votó contra la gestión, contra los errores acumulados y, sobre todo, contra la desconexión momentánea entre el gobierno y la calle.
Lo primero es aceptar la realidad, porque ni la prensa envalentonada, ni los operadores digitales, ni los analistas de plantilla pueden esconder el hecho de que el país envió un aviso serio. Obviamente, no es un rechazo al rumbo general del gobierno —que aún goza de un capital político significativo, de más del 40% de los votantes—, sino a la sensación de improvisación que en ciertos momentos ha permeado el accionar de este gobierno. Nuestro país, en medio de la crisis y la inseguridad en la que vivimos, no perdona titubeos ni desaciertos.
Lo segundo es cerrar heridas dentro del propio bloque gubernamental. El revés electoral exhibió fracturas internas y decisiones mal comunicadas, ya a nivel de una ineficacia y una desconexión con realidades fácticas, más allá de un exceso de confianza que terminó pasando una nefasta factura al Ecuador entero.
El gobierno tiene hoy tres años y medio por delante, pero solo será viable si entiende que la ciudadanía exige un Ejecutivo coordinado, disciplinado y capaz de corregir sobre la marcha sin dramatismos.
Lo tercero es reconfigurar la relación con la oposición intransigente de la Asamblea Nacional. Aunque sea con agendas mínimas comunes, la política es así: cuando se gana, todos aplauden; cuando se pierde, todos miran al costado buscando culpables y esparciendo más leña al fuego con motivos desestabilizadores. El desafío ahora es mantener esa mayoría no a fuerza de discursos, sino de eficacia legislativa. La gente quiere leyes que sirvan, no protagónicos prematuros ni cálculos electorales a las puertas de las próximas elecciones seccionales de 2027.
Lo cuarto es recuperar la narrativa de liderazgo. El correísmo no ha ganado absolutamente nada; la derrota del gobierno no equivale a su victoria, pero sí ha ganado espacio para volver a gritar, victimizarse y vender humo, como tradicionalmente está acostumbrado a hacerlo. El rol del gobierno, entonces, es no caer en el juego de la confrontación vacía. El país está cansado del griterío político, la alharaca y la payasada. Lo que hoy exigimos es un presidente que no confronte estérilmente, sino un mandatario que ejecute y comunique mucho mejor de lo que se está haciendo.
Lo quinto, y quizá lo más relevante, es volver a conectar con la gente real, porque el 4 a 0 no lo logró TikTok, ni X, ni Telegram; lo lograron los barrios, las familias, los mercados y los trabajadores que sienten que su vida diaria sigue siendo cuesta arriba. No basta con contar historias de lucha: esos problemas serios para cada cual, hay que resolverlos. No basta con combatir a los grupos criminales: hay que garantizar que la ciudadanía lo sienta en su día a día y se sienta al menos tranquila para poder trabajar.
El gobierno tiene aún una ventaja que pocos reconocen: tiempo. Tres años y medio para corregir, afinar, reconstruir confianza y demostrar que esta derrota no fue un epitafio, sino un recordatorio. Aceptar que se ha perdido en absoluto es estar derrotado, como pretende la oposición implementar en su nuevo relato. Si el señor presidente asume este 4 a 0 como un llamado a la humildad política, podrá transformar el golpe en plataforma; si no, el costo será mucho mayor de lo que hoy parecería.
Hay que gobernar con más corazón, con más estrategia social y menos soberbia; con menos épica y más resultados; con menos cálculo electoral y más respuesta ciudadana. Porque el país no quiere un presidente invencible; lo que todos —o la gran mayoría— quieren es un presidente efectivo y de resultados visibles para todos. Esa es la tarea que se debió iniciar desde el mismo domingo 16 de noviembre, justamente, después del 4 a 0.
