Los cambios constitucionales se gestan a través de enmiendas o reformas. Lo engorroso de las reformas y el tiempo requerido para institucionarlas, supuestamente, arrastraron a un régimen, sin plan, ni ruta, falto de convicciones, a plantear una Constituyente apostando al todo o nada, aunque un parcialmente endosable -a Correa- cheque en blanco era discretamente pretendido también. Ahora le queda solo la Asamblea Nacional en su intención, si es que aún la tendría, de imprimir su propia marca en los cambios estructurales que decía procurar, a pesar de la pérdida del fuste requerido para liderarlos.
Los gobiernos dizque consultaban cualquier tema con alguna excusa. Si votar no fuese obligatorio, el rechazo del 16N hubiese sido aún mayor vía abstencionismo. La integridad del gabinete ministerial, sin duda, contribuyó a la derrota, pero su reciclaje en ciernes terminaría sepultando lo que quede aún del Gobierno. El presunto enriquecimiento privado no justificado (FGE No. 090101824124851) del viceministro Roberto Ibáñez poco ayuda. Para contextualizar, ¿será que no existiría mejor ministro de Salud que María José Pinto, o es que se estaría ya buscando nueva vicepresidente?
El debilitamiento del Ejecutivo es evidente; su recuperación, ante paupérrimos resultados, incluso menos probable. En lo de fondo, sin inversión extranjera, aún más esquiva que antes, no habrá redención para la gente. Hay salidas, pero requieren de contextura y sacrificios apartados de la idiosincrasia nacional y de un Gobierno sin resonancia popular.
