Me preguntaba alguien hace unos días por el alcance que tenía la pasada resolución del Congreso de los Diputados, de finales del mes de octubre pasado, aprobatoria de una propuesta no legislativa restringiendo el uso de la palabra cáncer debido a que “no es aceptable emplearla como metáfora de lo peor, de lo que corrompe o de lo que destruye, porque el cáncer no es eso: es una enfermedad grave, sí, pero también cada vez más tratable, más comprensible y, en muchos casos, curable”.
Quien requería una respuesta era un médico, especialista en oncología, que necesitaba saber si debía seguir usando la palabra cáncer cuando le tocase cumplir con su deber de comunicarle a un paciente que los análisis y estudios de su caso habían resultado positivos. Me explicó que no entendía bien eso de usar un “lenguaje justo” porque el cáncer era una enfermedad tan injusta como cualquier otra, y que en cuanto a lo de basar el lenguaje en “la realidad”, el miedo que se le tenía entre la población era también muy real, pese a los avances científicos con los que se estaban logrando curas asombrosas en ciertos tipos y grados de la enfermedad que hasta hace poco eran difíciles o imposibles y que ahora conformaban una creciente mayoría que venía revirtiendo las estadísticas de manera contundente. Estoy seguro de que ninguno de mis colegas —me dijo— usa el nombre de la enfermedad en vano ni con la intención de atemorizar a sus pacientes; son los prejuicios acerca de la enfermedad y la mala fama que tiene los que hacen eso. Por esa razón, mi amigo el oncólogo se veía en el dilema de no saber si debía dejar de nombrar esa palabra llena de connotaciones negativas que inconscientemente le transmitía a los enfermos que trataba, (sustituirla por otra u otras, ya lo había intentado, era una tarea imposible de consecuencias aún peores) o si cuando la usara fuera con una carga de emociones e intenciones todas positivas que le aseguraran al paciente que se curaría, aunque esto último pudiese no ser del todo cierto.
Yo traté de entenderlo, poniéndome en su lugar, y me di cuenta de que mi amigo se encontraba en una disyuntiva terrible: la de no dar el diagnóstico cuando fuese positivo por el miedo y angustia que produce recibir una noticia de ese tipo si no se comunica del modo adecuado, o el de darlo adornándolo con frases y palabras bonitas repletas de optimismo, quizás usando indirectas o parafraseando la situación alrededor de la palabra cáncer, pero sin pronunciarla, eludiéndola mediante giros como “enfermedad grave que requiere un tratamiento de semanas o de meses”, o “una lesión que puede ser tratada en el hospital con excelente pronóstico” o incluso con expresiones más directas del tipo: “es un tumor totalmente curable” o “ la quimio y la inmunoterapia están haciendo maravillas en casos como el suyo, así que no tiene porque preocuparse”. Era una situación terrible y complicada.
Le aclaré que una proposición no de ley o no legislativa, aprobada en sede parlamentaria no tenía naturaleza legal pues no era ni equivalía en modo alguno a una ley y que su único valor era el de instar a los miembros del gobierno a cumplir con lo aprobado en la resolución, por lo cual ningún médico debía de sentirse directamente afectado por dicha medida de carácter político más allá de lo que considerara y valorara como justo y realista a la hora de tener que informar a un enfermo de su condición física. Cómo él sentía que venía cumpliendo con su deber de comunicarle al paciente o a sus familiares los resultados provenientes de las pruebas médicas correspondientes de manera profesional, lo más sensato era seguir haciéndolo igual, y no tratar de revestir esa verdad de colores que podían enturbiarla en lugar de clarearla y menos de disfrazarla con medias verdades que también podían volverse medias mentiras.
Después de marcharse mi amigo, no sin antes darme las gracias, me quedé pensativo. Si ya tenemos a la RAE y al Instituto Cervantes para que nos corrijan a la hora de hablar o de escribir, además de esa hipócrita corriente o postura social de lo “políticamente correcto” que le molesta llamar a las cosas por su nombre, pero que oculta los intereses políticos, culturales y raciales que la sustentan, debe el parlamento meterse también a decirnos como tenemos que usar el lenguaje.
Si yo fuera un dirigente político no sé qué preferiría llegada la ocasión, si que me tildaran de corrupto o de ser un cáncer para la institución o el país que gobierno. En España, al parecer, los políticos ya hicieron su elección.
