Para nosotros, es importante que no entremos en oración con apuro. El asunto de oración debiera ser elegido ya la víspera, cuando, según el estilo de vida, tengamos este momento de “examen de fidelidad” al final del día.
En la práctica: quiero suponer que ya me siento envuelto en la “presencia de Dios”… Estoy en condiciones de “tratar” con Él… Y entonces sí, leo un fragmento muy corto del Evangelio.
Pongo, por ejemplo, que escogí el misterio de la Encarnación… Y trato de reflexionar, a la luz de esta Presencia, sobre María, sagrario vivo de Dios después de la Anunciación… o sobre el viaje de Nazaret a Belén… o el Nacimiento en el portal… o los días pasados en Belén… o ver a los pastores… o a los reyes… o la huida a Egipto… cualquiera de esos pasos propios de la Navidad. Y leo el fragmento corto y lo medito por todos lados, e intento ahondar en la visión del misterio, a la luz del Señor, de su espíritu… sin prisas… con apertura de los oídos del alma a lo que el Señor quiera manifestarme.
Porque, si eres fiel, no tardará en acercarse el Señor y en decirte algo que te ha de llenar de profunda paz, de una luz interior, de un acercamiento a su voluntad, de un deseo de ser mejor, más en la línea de tu vocación de signo…
Después de estas reflexiones, que buscan esa conexión con Dios a través del misterio meditado, el Fundador, para ayudarnos, nos propone nueve actos que explicitamos si nos sentimos inclinados a ello. Muchas veces no harán falta, porque ya el Señor nos lleva “en volandas”, es un decir, y nos basta esta conexión primera para pasar esta media hora en “trato con Él”, sin demasiadas complicaciones y con fruto.
Pero puede quedar todo en tres o cuatro actos que te propongo, resumidos de los de nuestro Padre:
Ya impregnados del espíritu del misterio que queremos meditar, vienen los actos:
De fe: creyendo todo esto que el Señor obró… creyendo que lo obró por mí… creyendo en su amor a través de este misterio… creyendo que me llama a realizar lo que en el misterio se esconde… creyendo en Él.
De adoración: este es un acto que puede dejarte impresionado si lo haces como debe ser:
Adorar a Cristo Señor en este misterio —el Nacimiento, por ejemplo— junto con María, José, con los ángeles, pastores, reyes, etc. No tener prisa: es un gran acto, que nos pone en nuestro sitio a nosotros y le coloca a Él en el suyo, de Dios, de Maestro, de Santo.
Agradecimiento: y tampoco aquí tener prisa. Saber agradecer el sentido profundo del misterio que estoy contemplando… agradecer la gracia de su amistad… de su amor… de su llamada… de su intimidad… y de tantas cosas como te vendrán solas si estás atento.
Humildad, confusión y contrición: esos tres actos van juntos para nosotros.
Y, sin querer, vendrá el acto clave de la aplicación, es decir, de comparación, de ver lo que quiere el Señor en mi vida, relacionado con lo que estoy meditando…
Yo soy de un modo… y Dios me quiere de otro… ¿Qué haré para llegar a eso, hoy?
Tomado del Boletín Lasallano.
