Era domingo 16 de noviembre, cinco y treinta de la madrugada y desperté con el ruido de la cafetera en la cocina y con una idea dándome vueltas en la cabeza; durante años nos han querido encerrar en un molde muy simple, blanco o negro, correísmo o anticorreísmo, como si el país fuera una pantalla con solo dos colores. Pero la vida no funciona así, en medio de esos extremos estamos quienes nos movemos en los matices, reconociendo luces y sombras en todos los proyectos, quienes desconfiamos de las verdades absolutas. A ese grupo, desde hace tiempo, lo pienso como “los grises”.
Ser gris no significa no tener postura, significa negarse a ver la realidad en dos bloques cerrados. Poder decir en esto sí y en esto no sin sentir que estás traicionando a nadie, no rendirle culto ni a líderes del pasado ni a salvadores del presente; es una posición incómoda porque en una sociedad acostumbrada a las barras bravas, el matiz se interpreta como debilidad.
Mientras me lavaba la cara el celular ya vibraba sin descanso, mensajes en varios grupos de vecinos, amigos y colaboradores. Antes del primer sorbo de café ya habían aparecido las palabras de siempre entre sus miembros: “correísta”, “florindo”, “vendido”, “borrego”; casi nadie hablaba de la letra pequeña de la consulta, de los efectos de cada pregunta, pues todo giraba alrededor de quién ganaba el pulso político. Y mi domingo recién empezaba.
A las siete ya estaba frente a un micrófono en la primera entrevista del día y como era de esperarse, la consulta ocupaba todo el espacio, la mayoría de preguntas giraban en torno a quién saldría fortalecido, el Gobierno o el correísmo; sentía que el país entero se resumía en esa línea, como si no existiera nada fuera de esos dos polos.
Intenté llevar la conversación hacia otro lado, explicando que había personas que no se identificaban con ninguno de los dos relatos, que leerían cada pregunta por separado y que podían combinar el sí y el no o incluso el voto nulo como una forma de expresar desconfianza y no apatía. Pensé mucho en los grises, en quienes no iban a salir de casa para aplaudir a nadie sino para evitar que otros decidieran por ellos.
Salí de la cabina con esa sensación, el país entero hablando de dos bandos, mientras un sector que no gritaba tanto también formaba fila, también tenía dudas, también cargaba su propia rabia y su propia esperanza.
La mañana se fue entre mensajes, llamadas y comentarios en redes, mientras tanto seguía pendiente algo muy concreto, tenía que ir a votar. Recién a las dos de la tarde llegué al recinto electoral.
La fila tenía el aire clásico de domingo de elecciones, gente cansada, comentarios sueltos, bromas para acortar la espera; escuché a alguien decir que iba a votar no a todo para que alguien sienta el golpe, otra persona decía que iba a votar sí porque alguien tiene que hacer algo. Se hablaba de castigo, respaldo, miedo, bronca; se hablaba poco del contenido de cada pregunta.
El correísmo y el anticorreísmo no estaban en la papeleta, pero rondaban el ambiente como si lo hubieran escrito ellos. Todo se terminaba leyendo con esa lógica, estar con uno o con el otro, aunque en el papel se discutieran temas muy distintos.
Cuando me entregaron la papeleta respiré hondo; marqué, doblé y deposité; fotografié el certificado de votación, era una manera personal de recordarme que no estaba allí para obedecer una consigna sino para tomar una decisión propia, imperfecta, pero mía. Al salir tuve una sensación doble, había cumplido con mi obligación ciudadana y al mismo tiempo sabía que, para algunos, mi voto igual sería encasillado en una etiqueta.
El domingo no estaba diseñado para el descanso, a las cinco y media de la tarde ya estaba en otra cabina, esta vez la pantalla del estudio empezaba a mostrar los primeros resultados, todavía tímidos, pero con una tendencia clara. El no crecía con fuerza.
Mientras comentábamos lo que iba llegando, las interpretaciones comenzaban a repetirse. Voto castigo al gobierno, triunfo político del correísmo, reacomodo del tablero; todo tenía su parte de verdad, pero otra vez quedaba atrapado en el mismo esquema, blanco contra negro.
Yo miraba los porcentajes y pensaba en la señora que había oído en la fila, en el amigo que me había escrito para contar que había votado distinto en cada pregunta, en quienes habían decidido ir al recinto sin ponerse la camiseta de ningún bando. Intuí que, detrás de esos números, también había una mezcla de intuición, miedo, cansancio y sentido común; gente que no quiere entregar cheques en blanco, sin importar quién se siente en el poder.
Intenté ponerlo en palabras durante la entrevista, dije que no todos los votos respondían a un cálculo sobre partidos o líderes; que muchos eran, sobre todo, una forma de decir hasta aquí, ya basta, expliquen mejor, no jueguen con la Constitución como si fuera un volante de campaña.
A las siete y media llegó la tercera entrevista del día, para entonces los resultados se habían consolidado, el ¨no¨ se imponía con claridad en todas las preguntas; la conversación giraba alrededor de un gobierno golpeado, de una oposición que se declaraba victoriosa y de lo que eso significaba para los meses que venían.
Todo eso era parte del cuadro, pero yo seguía pensando en el otro lado, el que casi nunca aparece en las gráficas, ese sector que no se siente cómodo ni en el oficialismo ni en el correísmo. Lo dije al aire. Comenté que había un grupo de ciudadanos que también se había expresado ese día y que no estaba celebrando en ninguna caravana; personas cansadas de servir como escenario de batalla, obligadas una y otra vez a escoger entre dos bandos que no las representan del todo.
Mientras hablaba, el celular seguía vibrando con mensajes de oyentes y amigos, algunos confesaban que se sentían hartos de que les obliguen a definirse por un apellido y otros agradecían que alguien mencionara ese espacio intermedio donde viven muchos, con contradicciones, con dudas, pero también con una claridad, no quieren ser hinchas de nadie.
Ya en casa, con la voz gastada y la ciudad más silenciosa, revisé el día completo, la consulta como golpe político para el gobierno, el correísmo como actor que capitaliza el momento y los titulares preparándose para el día siguiente; todo eso era evidente.
Pero bajo esa capa había otra lectura, entre esos polos existe un país que piensa, duda, se contradice y se corrige; un país que recuerda errores del pasado y teme por el futuro, que siente rabia y también responsabilidad; un país que no está dispuesto a entregarse por completo a nadie. Ese país está lleno de personas grises.
Los grises no son indiferentes ni flojos ni apolíticos, son quienes prefieren la complejidad a la obediencia; pueden reconocer obras sin convertirlas en excusa para la impunidad, pueden respaldar decisiones concretas sin hipotecar su criterio. Saben que ningún proyecto merece una fe ciega.
Ese domingo entendí aún mejor algo, el hartazgo de los grises no es un simple mal humor; es la fatiga acumulada de años de chantaje emocional, esa frase repetida de si no estás conmigo estás contra mí. También es una advertencia; en la medida en que se siga obligando a la gente a escoger entre dos extremos, seguirá creciendo este cansancio silencioso.
Los extremos seguirán gritando más fuerte y tratarán de pintar todo en blanco o negro, pero cada vez que un ciudadano se niega a convertirse en hincha, cada vez que alguien se atreve a decir que no le representa ninguno y aun así sale a votar, el mapa político se mueve un poco.
Quizá el futuro del país no dependa de que uno de los colores derrote al otro; tal vez dependa de que ese sector gris, cansado pero presente, decida hablar más alto, ocupe espacios y recuerde algo esencial. La democracia no se sostiene en la obediencia ciega; se sostiene en la capacidad de pensar por cuenta propia, incluso cuando eso incomoda a todos los bandos.

El artista ecuatoriano radicado en París a quien le ofrecieron exponerlo permanentemente en el Jeau de Paume si renunciaba ala nacionalidad ecuatoriana y se hacia frances en tiempo de una sola nacionalidad, me dijo que los pintores europeos gustaban de usar el gris en sus cuadros, el nunca lo hacía y sus cuadros son una explosión de color, la serie que más me gusta es «Pájaros del Amazonas».
Y sobre el cielo gris, años atras estaba alojada en el Marriott de Lima, venta al mar y el cielo que se confundían pues eran del mismo color. Al tercer día tuve depresion y pensaba que yo no viviría allí, me haría falta el sol. Para visitar es una linda ciudad, cuando son amigos lo son de verdad y tienen una rica gastronomía y opción de compras.