Cuando era joven, ambicionaba muchas cosas.
Ahora que las he tenido todas, me he dado cuenta de que el privilegio de vivir junto a mis hijas y sus hijos ha rebasado todas las expectativas que mis mayores deseos anhelaban.
A mi mente vienen los recuerdos de lo que compartí con ellas.
No existen palabras para describir a plenitud cada instante de la existencia de sus vidas.
He estado presente en todos los días de su propia historia.
Amarlas ha sido un privilegio para mí.
Siempre he tratado de que su existencia sea mucho mejor que la mía.
Procuré que vivan a través de una sonrisa.
Les enseñé a vivir su vida como vieron que viví la mía, y ahora veo cómo sus hijos también lo hacen de la misma manera con la suya.
Cuando las veo, miro a Dios.
Me fascina que me digan que me quieren.
Caigo embelesado cuando cogen mis manos como lo hacían cuando eran pequeñitas y caminaban a mi lado.
Hemos sido cómplices de tantas fechorías.
He sido su compinche en todo lo que me han pedido.
Me siento en la gloria cuando las veo.
Son la bendición más grande que el Creador me ha otorgado.
Con su amor me han dado el cielo en este suelo.
Por eso es imposible que encuentre en el más allá algo que me dé más felicidad de la que tengo en el más acá.
Dudo que sea feliz en el nuevo plano de conciencia si en el mismo no encuentro a quienes amo: mis hijas y sus hijos.
Mi realización solo se encuentra en el infinito amor que les profeso.
