15 diciembre, 2025

Yo voto por el Sí

Hay momentos en los que el país necesita menos gritos y más decisiones; momentos en los que no basta con quejarse desde el sofá o lanzar culpas por las redes sociales. Son tiempos en los cuales el voto deja de ser un trámite y se convierte en una declaración de principios ciudadanos.

No voto por creer en las promesas de campaña ni porque me haya seducido el discurso de turno, sino porque he entendido que el Ecuador no puede seguir navegando entre la inercia y la nostalgia. Cada vez que se ha dicho “no” a los cambios —por desidia o antipatía hacia el proponente— hemos terminado abrazados al pasado que nos trajo hasta aquí: un país fracturado, con leyes que protegen más al delincuente que al ciudadano y con una institucionalidad que parece diseñada para justificar la impunidad, no para combatirla.

El “Sí” en esta consulta no es un cheque en blanco al Gobierno —ese cuento es el que nos quieren vender los generadores del caos—; es una herramienta para empezar a desmontar esa estructura legal que, bajo el pretexto de los derechos humanos, terminó volviendo intocable al crimen y vulnerable al ciudadano. Es el voto de quienes creemos que el Estado no puede seguir siendo rehén de su propia burocracia ni un campo de experimentación ideológica.

Seamos claros: el país necesita orden. Ese orden no se consigue con más discursos sobre el “diálogo eterno” ni con mesas de trabajo que nunca terminan en nada. Se consigue con decisiones firmes, con leyes que funcionen y con autoridades que tengan respaldo jurídico para actuar sin presión ni favor. Por eso, votar “Sí” no es un acto de fanatismo, es un acto de coherencia y responsabilidad con nuestro presente y nuestro futuro.

Durante años nos vendieron la idea de que toda reforma legal era un atentado contra las libertades, pero lo que vivimos hoy no es libertad, es descontrol. Tenemos cárceles convertidas en cuarteles del crimen, jueces que liberan delincuentes por tecnicismos absurdos y una Corte Constitucional que, a veces, parece más preocupada por los titulares que por la justicia.

Votar “Sí” es decir basta. Es cerrar la puerta al conformismo, al miedo y a ese complejo nacional de creer que todo cambio es peligroso. El peligro no está en cambiar, está en quedarse igual.

El “No”, aunque lo disfracen de resistencia democrática, es en realidad la defensa de un sistema que ya fracasó. Es la bandera de quienes necesitan que todo siga mal para seguir teniendo de qué quejarse y reinar en el desorden. Es el eco de aquellos que alguna vez destruyeron las instituciones, convirtieron la justicia en su juguete y hoy pretenden volver como salvadores y redentores de la patria.

Por eso, cuando marque mi papeleta, no estaré votando por una persona ni por un partido. Estaré votando por la posibilidad de que mi querido país funcione. Votaré por la oportunidad de limpiar la casa, de darle sentido a las leyes y de volver a creer que las decisiones ciudadanas pueden cambiar la historia para un mejor progreso y desarrollo.

¿Que el “Sí” no resolverá todos los problemas? Por supuesto que no. Pero abrirá la puerta para que el país tenga herramientas reales de acción. Será el punto de partida para modernizar, ordenar y, sobre todo, recuperar la confianza en nuestras propias instituciones.

Este referéndum no es una batalla entre derecha e izquierda, ni entre correístas y anticorreístas. Es una decisión entre avanzar o seguir atascados; entre tener un Estado que funcione o seguir siendo víctimas de su propia parálisis.

Yo voto por el “Sí” porque quiero que las leyes protejan al que trabaja, no al que roba. Porque quiero ver un país donde la autoridad tenga respaldo, donde la justicia se aplique sin miedo y donde el ciudadano vuelva a sentirse dueño de su destino.

Porque, al final, no hay peor condena que la indiferencia. El futuro no se escribe con quejas, se escribe con decisiones. Y esta vez, la decisión para mí es muy clara: yo voto por el Sí.

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