20 enero, 2026

Dientes 

Mi amiga Cristina el otro día estaba muy preocupada porque su hija de once años tenía un virus y no paraba de vomitar. Seguramente algunos dirán que esto no era nada de vida o muerte, sin embargo, para las madres y padres no hay peor dolor que ver a los nuestros sufrir. Ya sea una gripe tonta, una machucada de dedo o momentos donde se han sentido rechazados.

Tres días después de este suceso mi amiga me dijo que su niña ya estaba bien, pero como efecto dominó o ley de vida ahora me jugó a mí la misma emoción.

Mientras ayudaba a lavar la boca de mi hijo de 5 años, noté que dos dientes nuevos estaban creciendo atrás de los de leche, y estos no estaban ni gota de flojos.

Tragué saliva, pero esta fue muy espesa porque algo en mí se encendió como alarma.

Enseguida llamé a la dentista y me indicaron, eso que tanto temía, había que sacarle los dientes para que los nuevos puedan crecer bien.

El sonido del «zzzz» sonaba en mi cabeza por estas ideas preconcebidas.

Al mismo tiempo confieso que cuando yo era chica tuve pésimas experiencias en los dentistas, desde momentos físicos sumamente dolorosos, hasta situaciones donde me sentí en peligro. En casa tenemos una regla, la verdad, ante todo. No podía mentirle a mi hijo, y llevarlo de sorpresa para que se enterara ahí del procedimiento que le iban a realizar.

Un día antes le expliqué de manera sencilla lo que pasaría, lloró con ahogo, y yo lo sostuve.
Le pedí a mi esposo que nos acompañara, y eso también ayudó muchísimo, porque cuando enfrentamos las cosas en equipo, sin duda las preocupaciones son más llevaderas.

Esther, la dentista, no solo tiene un consultorio increíble con una puertita para que el “ratón” de los dientes entre y salga. Sino que también su carisma y buena mano alivianó el proceso.

No puedo mentir, mi hijo lloró un minuto, el proceso fue rápido y nunca escuchamos ese zumbido incómodo. Lo acompañamos, lo sostuvimos y nunca le mentimos.

Y esto me hizo hacer contacto con mi niña interior, que por temas médicos, desde muy pequeña no se la respetó por ignorancia o porque vivíamos en una cultura adulto céntrica.

Validar a nuestros niños, es vital, no minimizar, y a través del ejemplo mostrar como ellos no solo pueden, sino deben poner límites para que nadie ni nada los trasgreda.

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