15 diciembre, 2025

Maternar al ritmo de la Tierra: volver a los ciclos de la naturaleza

“Porque lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se dejan ver desde la creación del mundo, siendo comprendidos por medio de las cosas hechas.”
(Romanos 1:20)

Somos seres hechos a imagen y semejanza de la Fuente divina. Y si venimos de esa Fuente, entonces también venimos de la Madre Tierra, de su pulso, de su sabiduría y sus ciclos.

Cuando una mujer recuerda que la naturaleza no está fuera, sino dentro de sí, algo en su interior se reordena. Empieza a mirarse con los ojos de la vida misma: fértil, cíclica, cambiante, poderosa y sabia.
Solo cuando nos reconocemos como parte del todo, podemos volver a sentirnos guiadas y sostenidas en el camino de maternar. La Madre Tierra como maestra.

La Tierra, con su suelo generoso y firme, nos enseña que dar y recibir son un mismo acto. Que para florecer, a veces también hay que soltar, dejar ir, morir.
Ella me recuerda que amar no es darlo todo sin medida, sino aprender el sutil equilibrio entre amor y límites, entre dulzura y firmeza.

Las montañas me enseñaron el valor del sostén: ese abrazo silencioso que contiene sin ahogar.
El agua me invita a fluir, a moverme al ritmo del momento, a no aferrarme al control.
El aire me susurra que nunca estoy sola, que en cada brisa habita mi tribu: los que están, los que partieron, los guías y los ángeles que acompañan mis pasos.
Y el fuego… el fuego me recuerda la pasión, la chispa que me mantiene viva. Me enseña a entregarme sin quemarme, a encender sin consumir, a cuidar sin olvidarme de mí.

Un cuento que habla al corazón…

Cuentan que una mujer, agotada por las exigencias de la maternidad, fue a buscar consejo a una anciana que vivía junto al bosque.
—Ya no sé cómo sostenerlo todo —le dijo con lágrimas en los ojos.
La anciana la miró en silencio, tomó su mano y la guió hacia un árbol.
—Apóyate aquí —le dijo—.
La mujer apoyó la espalda en el tronco y sintió, por primera vez en mucho tiempo, que algo la sostenía sin pedir nada a cambio.
—La tierra nunca te pide que seas perfecta —susurró la anciana—. Solo que recuerdes que eres parte de ella.

Desde entonces, cada vez que la mujer se sentía perdida, volvía al bosque. Y con solo tocar la corteza del árbol, recordaba que maternar no es controlar la vida, sino acompañarla al ritmo del amor.

Volver a los ciclos

Así como la naturaleza tiene estaciones, también la maternidad tiene sus inviernos y primaveras.
Hay momentos de siembra y otros de cosecha, días de expansión y días de recogimiento.
Honrar esos ciclos es honrarnos a nosotras mismas.

Cuando la mujer se materna, cuando se cuida, se escucha, se nutre, está también maternando al mundo.
Porque cada madre en conexión con su esencia, transforma la tierra que pisa.

Esta es mi invitación
Vuelve a mirar el cielo, a escuchar el agua, a tocar la tierra, a encender tu fuego.
Allí, en ese diálogo sagrado con la naturaleza, encontrarás las respuestas que tu alma busca para maternarte en primer lugar y así, maternar con total autenticidad a los que te rodean. 

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